Cuando mi nieto José Pablo comenzó a caminar y hablar, y más tarde, al superar los 2 años de edad, a mi familia y a mí personalmente nos llamó mucho la atención su forma de expresarse y de comportarse, y no encontrábamos explicación razonable hasta que obtuve el libro «Cómo convivir con un niño índigo» de Ivonne Mencken.
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Por supuesto que en este espacio sólo intentaré dar a conocer someramente algunas de las peculiaridades del niño índigo, porque es posible que en su familia haya un chico de esta nueva generación.
Estos niños son seres humanos más sensibles y gentiles que el resto de la gente y manifiestan a temprana edad que nacieron para fomentar el amor, la paz y estado natural de felicidad, y desde muy temprano manifiestan propósitos muy concretos en su existencia, como vivir con más intensidad; actúan bondadosamente y no toleran la crueldad sobre las criaturas irracionales; no soportan los actos violentos; no admiten coacciones ni amenazas; suelen dar respuestas muy puntuales y certeras cuando se les pretende manipular.
Emotiva, espiritual, intuitiva y anímicamente son hipersensibles. Pueden presentar matices de hiperactividad o no darle demasiada atención a sus labores escolares, pero aprenden rápidamente, y cuando algo los motiva se concentran intensamente en lo que hacen. Cuando se ven sujetos a imposiciones antojadizas se aíslan en sí mismos o buscan amistad con otros niños semejantes a ellos, con los que pueden compartir sin complicaciones sus emociones y pensamientos. Cuando aceptan a alguien lo hacen plenamente, pero cuando sienten lo contrario no se molestan en demostrarlo, simplemente los ignoran.
Según la autora (quien es madre de un niño índigo), estos chicos se destacan por su aguda sensibilidad y exigen honestidad, amor incondicional, tolerancia, claridad mental e integridad. Nacen en estado de equilibrio, pero la incomprensión de sus padres o de su entorno los desequilibran severamente, y es entonces cuando su naturaleza apacible se vuelve tormentosa.
Ser padres de niños índigo plantea un desafío singular. Por un lado, hay que nutrirlos emocionalmente para que cultiven las energías que deberán desplegar durante los años venideros, y, por el otro, ayudarlos a desenvolverse en el seno de la sociedad, ya que la mayor parte de los factores en boga apuntan en direcciones opuestas al mensaje luminoso que ellos encarnan.
A pesar de sus virtudes, los índigo pueden expresar mucha ira al sentirse abandonados y decepcionados cuando comprueban que el mundo que los rodea no se ajusta a la visión que los motiva. No alcanzan a entender intelectualmente muchas injusticias de la sociedad actual y no logran una percepción consciente de lo que sucede, especialmente al enterarse de la noticias por televisión.
Entonces comienzan a sentir que algo espantoso está ocurriendo (y no les falta razón, precisa la autora), y esa incomprensión los lleva a suponer que son ellos quienes están cometiendo alguna seria equivocación, creándoles mucha ansiedad. Los niños índigo poseen una estructura psíquica que los habilita para actuar en un mundo que sólo existe en el futuro, y de esa manera en ellos anida una realidad que muchos adultos quisieran compartir, es decir, un mundo sin guerras, sin injusticias, sin miedos, sin antagonismos. Ellos están aquí para contribuir a lograr semejante realidad.
A medida que los niños índigo crezcan, se independicen y sigan su camino en la vida, habrá que encarar otra realidad aún más compleja: las familias índigo, porque el fenómeno índigo -advierte Mencken- no es apenas el color del aura o como se quiera rotular a esos niños, sino que puede convertirse a mediano plazo en una de las experiencias transformadoras más inauditas de todos los tiempos.
(Romualdo Tishudo sugiere a padres de familia interesados en el tema, que adquieran el libro citado, impreso por Deva´s, de Argentina).