Cantos de sirena. Se suele denigrar y ver con burlón desdén a quien oyen cantos de sirenas, como si esta experiencia extraordinaria no fuese concedida únicamente a los amados por los dioses, a los escogidos, a los hombres y mujeres fuera de serie. No cualquiera, óigase bien, no cualquiera tiene el raro privilegio de escuchar los melodiosos sonidos que emiten (por la boca) esos bellísimos seres mitad mujer, mitad pez y hermosos ojos tornasol… Ah, pero los duros de oído, los incrédulos y chocarreros creen que el oyente de cantos de sirena vive en otro mundo, en otra dimensión, que no tiene los pies en la tierra, que es un «idealista», un incauto, crédulo etc. ¡Hombres de poca fe!
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La educación resignada. Es posible, casi seguro más bien, según autorizados criterios, eso de que la educación no pelea con nadie, de tan bien educada que es; pero hay mucha gente por ahí y allí que la ve más bien con desdén con repulsión, con malos ojos, al punto que cualquier gesto suyo, cualquier además, cualquier acto de su voluntad, son buenos motivos para despreciarla, vejarla, lastimarla; y ella, entre la susceptibilidad y la comprensión, con sus facultades intelectuales y aptitudes morales altamente desarrolladas, delicada y cortés, a veces opta por la inmovilidad, silencio, pasividad, renuncia… y, como los moluscos, da por proteger su vulnerabilidad con una concha de distraída resignación.
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Fuego apagado. Mientras encendía otro cigarrillo, el éxito y ejemplar ciudadano pensaba que durante su juventud vivió una intensa, febril poesía de la que no se arrepiente, pero, a estas alturas, tampoco añora. Se evocó con una refulgente antorcha en la mano, Prometeo, pirómano, Eróstrato, dando a las llamas caducas normas y decrépitas tablas de la ley. Se vio ahora, bombero voluntario, apagafuegos, extinguidor de incendios, quitado de ruidos, respetuoso de las reglas y celoso conservador de apergaminados códigos. E hizo poco esfuerzo para vislumbrarse, mañana apenas, en el humo de la colilla extinguida en un cenicero de barro.
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Corte de la cinta. Hace pocos días, durante solemne acto inaugural, fui invitado, para sorpresa mía, a cortar la cinta simbólica. Y así ocurrió, en efecto. Después de los conceptuosos discursos del Presidente de la Junta Directiva, del señor Gerente y de la Jefe de Recursos Humanos, todos los concurrentes nos trasladamos, vaso en mano, hacia la puerta de entrada, donde estaba colocada la cinta simbólica, retadora y amenazante. Después de breves palabras que logré pronunciar con voz temblorosa por la emoción –¡no era para menos!–. Alguien me tendió unas tijeras muy brillantes de tan nuevas. Con manos igualmente trémulas, apretando las mandíbulas, corté por aquí y por acá; me guardé el pedacito de cinta simbólica en uno de los bolsillos de mi impecable saco, e iba a guardarme las tijeras brillantes en el, otro bolsillo cuando alguien, cortésmente, con mucha suavidad y discreción, me atacó el movimiento inconsciente. Nada más. Ni siquiera escuché los aplausos.
Dios es ese Ser que observa los grandes acontecimientos -cosmogonías y apocalipsis– a través del microscopio.