La noción de lo público


Hay cosas que parecen sabidas o creemos saber lo que connotan, también hay cosas que no hemos introyectado y no se han forjado o no se han arraigado en nuestra mente, porque no hemos sido sujetos en los procesos de construcción de esos conceptos. De esa manera, el niño que crece en una familia tradicional, jerárquica y autoritaria, padecerá más delante de los mismos males, y recreará en otros ámbitos el mismo relacionamiento del que fue objeto.

Julio Donis

Conviene siempre recrear, cuestionar y autocuestionarse qué entendemos por determinados conceptos o formas establecidas y preguntarse el por qué y el cómo. El orden establecido no da por hecho que cada individuo que compone un conglomerado social acepte determinado relacionamiento social, es más, no necesita hacerlo porque ciertos valores de convivencia e interacción social y polí­tica, se imponen, sea sutil o de manera abrupta, en la lógica de la vida a través de los canales de la enajenación. Nos toca, a cada uno, revisar lo que registramos en la base de valores y posiciones que nos conducen.

Paso directamente a cuestionarlos sobre el significado de lo público. Inicialmente, no se puede hacer un parangón exacto entre el proceso de aprehensión educativa que procesa un niño en una familia, con lo que asimila un individuo que se vuelve ciudadano en el medio de una sociedad. Naturalmente que como habitantes de un paí­s como Guatemala, hay mil variables que afectan o no nuestra noción de la realidad, digamos nuestro ethos desde el cual vamos conformando la relación con el entorno.

Lo público remite a un orden que implica bien común. Hay un determinado conjunto de grandes valores que a su vez generan derechos adquiridos, que a su vez permiten una interacción social fluida y respetuosa entre ciudadanos. Todos somos responsables de construir y fijar esa noción que va más allá del Estado, alcanza ámbitos como la familia, las relaciones de pareja, el poder polí­tico, en fin todo. Lo público se construye a partir de batallas polí­ticas que como decí­a antes, van acuñando derechos sociales y polí­ticos, mismas luchas que empiezan en la familia y se deben replicar en los partidos, en la escuela, o en todas las instancias de organización social.

La historia de lo público en la sociedad guatemalteca ha sido más bien la historia de lo privado. El desarrollo de esa noción que se ha gestado de generación en generación, ha registrado en la mente de los chapines más mensajes de «se prohí­be», que mensajes invitando o permitiendo. Por principio el entorno social nos está vedado y por inercia pedimos permiso, favor, o como dije en otro de estos artí­culos, empezamos una simple conversación pidiendo perdón sin omisión aparente, pero como asumiendo que no tenemos derecho.

Un ejemplo interesante e ilustrativo es la conducta que asumimos al caminar por las calles. Caminamos pensando que esas ví­as pertenecen a los carros. Ciertamente la ciudad no está pensada para favorecer al peatón, pero cruzar la calle debe irse volviendo un acto de derecho y debe hacerse con dignidad, no corriendo rápido a mitad de la avenida esquivando al auto o la moto.

Lo público también debe ser un asunto de orden nacional. El terreno perdido es grande y ha sido privatizado casi todo por los que usted ya sabe pero hay que recuperarlo. La salud, la educación y la recreación, no son derechos que asumamos como parte del bien común, los pensamos de manera privatizada. En este punto se complejiza el tema porque se trata de socializar estos temas en la mente de los individuos, en los planes corporativos privados y en la polí­tica pública del Estado.