
Más de 23 millones de electores fueron convocados a renovar la Asamblea Nacional y los parlamentos provinciales en estos cuartos comicios nacionales desde la llegada de la democracia multirracial y la elección de Nelson Mandela en 1994.
El ultramayoritario Congreso Nacional Africano (ANC), que se ganó su legitimidad con la lucha contra el apartheid, es de nuevo el favorito, con el 64% de las intenciones de voto.
Su líder, el popular pero controvertido Jacob Zuma, de 67 años, de etnia zulú, debería ser designado sin mayores males presidente de la República por los diputados elegidos en estos comicios.
Casi hasta el final de la campaña, los problemas judiciales de Zuma relegaron las cuestiones sociales y económicas (pobreza, criminalidad y desempleo) que siguen afectando el país, 15 años después de la caída del régimen racista.
El 7 de abril, después de ocho años de investigación, la fiscalía abandonó las acusaciones por fraude y corrupción que pesaban contra el tribuno zulú. El fiscal general basó su decisión en los «abusos de poder» cometidos por el jefe de la investigación.
Pero ese dictamen dejó cierta disconformidad en el país, después de meses de luchas intestinas en el seno del partido en el poder. Unas luchas que habían provocado en 2008 la renuncia del presidente Thabo Mbeki, acusado por el ANC de haber instrumentalizado a la justicia para deshacerse de Zuma, su rival.
Mbeki, que dirigía el país desde 1999, fue sustituido por Kgalema Motlanthe, encargado de organizar las elecciones en este agitado contexto.
Zuma aseguró ser víctima de un complot político, sin convencer a todos los sudafricanos. Menos de la mitad de los electores lo considera inocente.
El Congreso del Pueblo (COPE), formado por disidentes del ANC después de la dimisión de Mbeki, quiere aprovechar el malestar para ganar votos.
«Desde 1994, se cree que una alternativa creíble al ANC sólo puede provenir de una escisión en el seno del partido», señala el analista político Aubrey Matshiqi. «Con la aparición del COPE, podemos considerar que estas elecciones serán las más competitivas desde 1994».
Pero este partido es demasiado joven como para esperar ganar las elecciones, añade el analista, que considera que «un resultado de 7 ó 10% sería un buen inicio».
En cuanto a la Alianza Democrática, que surgió de la muy moderada oposición parlamentaria al apartheid, no debería obtener más votos que en 2004 (12,4%), porque sigue considerada un «partido de blancos».
«Si el ANC obtiene menos del 60% de los sufragios, las elecciones serán percibidas como un referendo contra Zuma (…) y será un desastre para el partido», según Matshiqi.
El cierre de campaña del ANC, el domingo en un estadio de Johannesburgo, contó con la inesperada presencia de Mandela, en una de sus contadas apariciones públicas.
El Premio Nobel de la Paz, de 90 años, brindó así un inestimable apoyo a Zuma, pero también le recordó al ANC sus asignaturas pendientes: luchar contra la pobreza y construir una sociedad multirracial, ante los temores que despierta la figura de Zuma por su constante reivindicación de las tradiciones zulúes.
Zuma se hizo eco de inmediato de esas preocupaciones.
«Reiteramos que Sudáfrica pertenece a todos, negros y blancos. Trabajando juntos, lograremos que ningún sudafricano se sienta menospreciado por su raza, cultura o religión», afirmó.
Más de 43% de los 48,5 millones de habitantes de la mayor economía del continente vive bajo el nivel de pobreza y el desempleo roza el 40%, a pesar de que el territorio sudafricano es rico en minerales y metales preciosos.
En los barrios marginales y las zonas rurales, las escuelas y los hospitales públicos carecen de medios y de personal calificado, y el sida hace estragos, con 5,5 millones de seropositivos.
Otro problema es la criminalidad. Con unos 50 homicidios por día, la policía y los tribunales sudafricanos están desbordados.
El jefe del partido en el poder en Sudáfrica, Jacob Zuma, hizo un llamamiento hoy al voto «masivo» para el Congreso Nacional Africano (ANC), en las elecciones legislativas y provinciales de este miércoles.
«Si la gente no vota por el ANC, privarán al partido de una mayoría, lo que impedirá que tome las buenas decisiones», advirtió el candidato favorito en estos comicios.
«Voten en masa para dar al partido el poder y la autoridad de cambiar el curso de las cosas», añadió durante una reunión con los representantes de la industria de transportes en Midrand, al norte de Johannesburgo.
El ANC, partido que domina la vida política del país desde las primeras elecciones multirraciales en 1994, se ve por primera vez amenazado tras la aparición de un nuevo partido, el Congreso del Pueblo (COPE), formado en diciembre por disidentes del ANC.
Los sondeos prevén sin embargo una neta victoria para el antiguo movimiento de lucha contra el apartheid, que alcanzó más de 69% de los sufragios en 2004.
Desde hace varios días, la oposición llamó a los sudafricanos a movilizarse para evitar que el ANC consiga de nuevo una mayoría de dos tercios, que le permitiría cambiar la Constitución.
El COPE denuncia la amenaza de una «dictadura» con Zuma y la Alianza Democrática (DA) menciona el riesgo de ver el país seguir las líneas autoritarias de Zimbabue.
El domingo, en un mitin multitudinario, Jacob Zuma destacó que el ANC nunca utilizó su mayoría para enmendar la Constitución, y no iba a hacerlo después de las elecciones.
Algunos lo presentan como el arquetipo del dirigente africano polígamo y corrupto, los blancos lo ven como un potencial dictador, pero la gran mayoría de sudafricanos considera que Jacob Zuma es un futuro presidente que se parece a ellos.
El jefe del Congreso Nacional Africano (ANC), el partido que domina la vida política del país desde las primeras elecciones multirraciales en 1994, debería ser designado presidente por el Parlamento elegido en los comicios generales del 22 de abril.
El cuarto presidente de la democracia sudafricana será también, sin duda, el más controvertido. En parte porque no vacila en vivir, y mostrarse, en los marcos de la cultura de la que se reivindica, y no intenta parecer occidental.
Zuma, de 67 años, aparece en las ceremonias vestido con la ropa tradicional zulú, de pieles de leopardos, y asegura que ama a todas sus mujeres -entre ellas las cuatro con las que se casó- y a sus 18 hijos. En las reuniones del ANC, baila y entona cantos de la lucha contra el apartheid, como el famoso «Umshini Wami» (Tráeme mi ametralladora).
Para terminar de marcar con el sello de la duda a este controvertido personaje, una interminable guerra judicial en torno a acusaciones de corrupción en su contra acaba de ser desechada debido a interferencias políticas.
Para llegar al umbral del poder, Zuma, quien de niño cuidaba vacas en su aldea zulú de Nkandla, debió no sólo sobrevivir a diez años de cárcel durante el apartheid, sino enfrentar a un poderoso rival, el ex jefe de Estado Thabo Mbeki (1999-2008), quien lo despojó de la vicepresidencia en 2005 luego de que el consejero financiero del polémico líder fuera condenado por corrupción.
Apoyándose en las masas ignoradas durante la era Mbeki y en la izquierda del ANC, Zuma finalmente se hizo en forma triunfal, en diciembre de 2007, con la jefatura del partido en el poder. Nueve meses más tarde, la nueva dirección del ANC obligó a Mbeki a renunciar a la presidencia.
Para Jeremy Gordin, autor de una biografía reciente de Zuma, una parte del ANC se había cansado de las posturas elitistas de Mbeki, diplomado en una universidad británica.
El zulú autodidacta no es del agrado de los intelectuales atrincherados en «prejuicios modernistas», afirma el analista Xolela Mangcu. «Zuma causa temor, sobre todo a los blancos» porque pone a Sudáfrica frente a una imagen de sí misma «que ella preferiría ignorar», afirma.
Una encuesta del instituto IPSOS muestra que el jefe del ANC es apreciado por los negros, que le dan una nota promedio de 7,7 sobre 10, mientras los blancos lo aborrecen y sólo le conceden 1,9 sobre 10.
Las imágenes simplistas lo hacen aparecer como el enemigo jurado de los antiguos patrones segregacionistas blancos, los afrikaaners, pero Zuma adula con éxito a los olvidados de la reconciliación racial, que cayó en el olvido tras la retirada política de Nelson Mandela, en 1999.
Si Zuma encarna las esperanzas de los decepcionados es porque parece dotado de una rara capacidad de empatía. «Dotado de mucho carisma, además respeta profundamente a los otros», resume Gordin.
Una cualidad que tiene sus bemoles. «Como escucha a todo el mundo, eso termina por confundir su juicio», subraya un cuadro de la ANC.
De hecho, este sólido sexagenario -no fuma ni bebe alcohol- acumula las declaraciones contradictorias, que cambian según su audiencia.
Su buen talante esconde una paciencia de depredador, adquirida, según Gordin, en los diez años que pasó en las cárceles del apartheid y, luego, cuando fue jefe del servicio de inteligencia del ANC en el exilio.
Zuma es además un fino negociador, que desempeñó un papel clave durante la difícil transición a la democracia o en el proceso de paz en Burundi.
En todo caso, señala un analista, «es todo salvo el iletrado que pretende ser cuando esto le conviene».