No cabe duda que no todo está podrido en Dinamarca… No todo es materialismo. El pueblo de Guatemala está henchido de fe, y eso lo comprobamos en su comportamiento en general. íšnicamente debemos lamentar que una minoría relativamente insignificante -de ovejas descarriadas y como satanizadas-, esté provocando serios problemas contra sus semejantes (hombres, mujeres y niños), con evidente irrespeto y desprecio respecto de la ley, de la autoridad y de ese soplo divino que es la vida.
Tuvimos la íntima satisfacción de presenciar desde el principio hasta el fin las solemnes celebraciones de la Semana Santa, a la que también se ha dado en llamar «Semana Mayor».
Valga decir, a título aclaratorio, que únicamente presenciamos varias procesiones en las calles de la zona central capitalina, así como las vimos a través de algunos canales de televisión.
Hubiésemos querido ir a la Antigua Guatemala, donde los «Días Grandes», como dicen nuestros coterráneos del oriente de la República refiriéndose a la Semana Santa, los actos de la época son tan apoteósicos como los de Sevilla, España, pero nos quedamos tranquilamente en casa para cuidarnos de los «onorables» (así, sin h) amigos de lo que no les cuesta…
Asimismo nos hubiera gustado estar en tal ocasión en el «Lejano Oriente» de la patria: Jutiapa, donde a la vez son solemnísimas las celebraciones de la Semana Mayor, pero ya explicamos la razón por la que nos privados de nuestro deseo.
Desde los días de la infancia cultivamos nuestra fe, profunda, en los supremos y eternos valores de la Humanidad, principiando por el infinito (valor) de Dios.
Conste que nuestra fe en los mencionados valores anida en nuestro corazón, pero casi no logramos, todavía, a estas alturas de nuestra existencia, practicar -como lo hacen otras personas- las ritualidades propias de la religión católica. Sin embargo, tratamos de expresarlas como en soliloquio en nuestro fuero interno. Y algo más: tratamos?; sí, tratamos en todo momento de practicar el bien por el bien mismo, sin esperar, siquiera, las ¡gracias! Si no nos es dable hacer bien, no hacemos daño a nuestros semejantes.
Es de traer a colación el maniqueísmo, secta que surgió en los primeros tiempos de la era cristiana, basada en la existencia de posprincipios eternos y absolutos: el bien y el mal, que se mantienen en perpetua pugna entre sí.
Nos congratulamos porque la gran mayoría del pueblo de nuestro país profese la religión católica, cuya iglesia (la única entonces) fue fundada por Jesucristo, quien la dejó a San Pedro, y el Papa Benedicto XVI es actualmente el Vicario de Jesucristo, el Dios hecho hombre en la Tierra.
Son miles y miles o millones y millones de fieles católicos en las diversas latitudes de nuestro mundo, el que por cierto, infortunadamente, viene corriendo el grave riesgo de sufrir un deterioro progresivo, a pausas y con peligro de colapsar. ¡Ojalá que eso no suceda!
Vimos en las procesiones a personas de todas las edades y de las diversas condiciones sociales cargando en hombros, con verdadera devoción, en hermosas andas, a las adoradas y venerables imágenes de Jesucristo, hijo de Dios Padre, así como a su sagrada cohorte celestial. Las calles de la urbe capitalina fueron inundadas por la grey católica. En realidad, todo un pueblo celebró la Semana Santa como siempre: multitudinariamente, y eso es muy significativo en los días que estamos viviendo, grávidos de materialismo y de todo lo demás que es nada edificante.
Es deseable, entre la gente de bien, de fe arraigada en lo más hondo del sentimiento, que haya respeto en cuanto a los grandes valores del espíritu para que mundialmente los humanos podamos vivir en paz, entregados al trabajo constructivo y apuntando a la superación no solamente de lo que es material, sino a la vez a todo lo que está por encima, muy por encima del materialismo, como es lo espiritual, lo intelectual, lo social, lo moral y lo ético en su cabal dimensión.