El 9 de noviembre de este año, se cumplirán 20 años de la caída del Muro de Berlín (Berlin Mauer), construido desde el 13 de agosto de 1961 y que dividió a la bella y señorial capital alemana en dos: el controlado por la Unión Soviética y el espacio que quedó en manos de los países «aliados». Fueron casi 28 años de tener que pasar por el «Point Charlie», obligadamente para los que íbamos del este hacia el oeste, bajo la mirada inquisidora del sistema capitalista, al mejor estilo «Big Brother», con un sistema electrónico intimidante. Pasar por dicho lugar, realmente daba miedo aunque uno solo fuera a dar una vueltecita al Berlín «comunista», en calidad de turismo. Ese mismo miedo que sentí cuando estuve en aquel histórico lugar, hoy desaparecido, es exactamente igual a la sensación de pánico cuando a uno lo andaba buscando la antigua «judicial» para asesinarlo, en esta Guatemala nuestra de violencia interminable.
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Recuerdo que cuando cayó el muro en 1989, recientemente había muerto mi padre, y yo estaba muy apesadumbrado. Y charlando con un amigo sociólogo, me comentó algo que no he olvidado jamás. Recupero sus palabras: -La derecha extrema, en el mundo entero, tendrá el control de los destinos de la Humanidad por largo tiempo, de aquí en adelante. ¿A saber qué le va a pasar a la izquierda política? ¿A saber si va a perdurar, sino es que desaparece o se transforma verdaderamente? Y lo peor (dijo levantando los hombros) ¿Qué nos irá a suceder a nosotros: los libre-pensadores?
Pues hoy, unos meses antes de cumplirse el aniversario de la caída de aquel punto de referencia, «El Muro de Berlín», le podría afirmar a este buen amigo (que no le dio tiempo de ver todos los cambios en el mundo) que el signo de los tiempos es, precisamente ese: de profundas transformaciones. De cambios por todos lados, en todo el mundo, en todos los países. Y que la derecha política va a tener que cambiar sus postulados, porque el péndulo está del lado opuesto… y por un buen tiempo, por ahora.
La derecha económica a ultranza, ha caído en cuenta que el discurso de la «Era Reagan» ha terminado por hundirse por su propio peso, con las quiebras financieras de Wall Street, con todo lo que viene arrastrando y continuará como en despeñadero? por algún tiempo. Así también, que los desatinos que W. Bush obligó a realizar a su ejército, permitió ese estrepitoso desplome económico y un movimiento mundial se viene gestado en todo el planeta, en contra de los líderes que viven de la política al estilo Washington, pero entiéndase que estamos hablando de un movimiento en todas las capitales del mundo, por lo menos en la parte occidental.
Desde todas las ciudades del planeta, un fuerte grueso de representantes genuinos de las poblaciones, ciudadanos comunes, viene levantando su voz, por cualquier medio que le es posible para denunciar y hasta defenestrar a los políticos marrulleros. Les hemos perdido la fe, desde hace muchos años, a quienes nos vienen gobernando a su sabor y antojo. Y no solo es una pequeña porción de la población, somos los más: formamos parte de una gran mayoría, una gran masa de personas con acceso a la información, a la tecnología y a la educación. Tal vez formamos parte de ciertos niveles de medianas y altas élites nacionales, pero hacemos bulla y manejamos medios, y formas de expresión? y sabemos hacernos escuchar.
Y es un segmento grande poblacional que está harta (estamos verdaderamente hartos) de la manera cómo se manejan las cosas de Estado, y cansados de formar parte de esa masa silenciosa, que cumple puntualmente el simple ritual de ir a votar cada cierto tiempo, sólo para que cambie de manos el manejo del Tesoro Público y que se hagan nuevos millonarios, los del partido que ingresan a gobernar. Pero se siguen quedando pendientes todas las agendas sociales más graves y serias: analfabetismo y reforma educativa integral, introducción de agua potable y construcción de drenajes, caminos vecinales, mercados cantonales, transformación verdadera del sistema de justicia en esa Guatemala profunda, que no sale del subdesarrollo? (y un larguísimo etc.)
Y en lugar de esos requerimientos mínimos, los gobiernos construyen grandes autopistas de sur a norte, suntuosas Terminales Aéreas no funcionales como la de la capital guatemalteca, planifican hospitales monstruosos, grandes centros comerciales, que nunca terminan a tiempo? y ejecutan discrecionalmente los gastos para atender problemas de salubridad, en medicinas que a veces ni siquiera curan, aunque alivien a la gente más pobre.
Y en este marco: la violencia criminal continúa imparable. Cada día es más intolerable. Cada día es más angustiante. Ya no sabemos cuándo nos tocará directamente, porque (afortunadamente todavía la vemos pasar de ladito) y nos tiene acorralados, encerrados en barrotes en nuestras propias casas, en los comercios, hasta en aquellas empresitas más pequeñas. Muchas de ellas, pagando altas cuotas de «chantaje» para no ser víctimas de los mafiosos y de los grupos criminales.
Cuando este año, arribemos a los 20 años que el mundo vio derrumbarse al sistema socialista, deberemos recordar que estamos más jodidos, con menos esperanza que nunca? y sin ver la luz al final del túnel, peor que como estábamos hace casi dos décadas, pero que podemos estar mejor, si todos?sí todos hacemos algo para sacar a los mercaderes del templo? como hizo Jesús: a latigazo limpio, con toda la ira (y la razón) del mundo.
De eso me recordé hoy, al ver una vieja fotografía, al lado del Muro de Berlín, que me tomó un amigo guatemalteco, como queriéndolo como empujar?como queriéndolo botar? captada a unos cuantos metros del «Point Charlie.»? hace ya casi 20 años. Y también me acordé del tango?que bailando va, de un lado hacia el otro, como la política, como el mar?como la vida.