La primera vez que visité el Canal Inglés fue en compañía de Guy Jean Clavandier, un trabajador social francés de la Organización Vivamos Mejor.
Guy se me apareció en el Hospital Infantil a poco tiempo de haberme hecho cargo de la modernización del Hospital en 1996 y hablamos de llevar a cabo un trabajo en favor de los niños que viven en las Selvas del Canal Inglés. Para ponernos de acuerdo me invitó a una fiesta celebrando la construcción de la Casa Comunitaria en Punta de Manabique. Fue un verdadero jolgorio con músicos importados de Livingston, un maratón de punta y reggae con ese su deje de calipso y blues, todo mojado con bastante trago hasta las seis de la mañana, hora en la que los asistentes amanecimos igualmente mojados por el sereno en un desvencijado muelle esperando el nuevo día.
En realidad me interesaba ese trabajo en la selva tanto como la pomposamente llamada «modernización» del Hospital Infantil de Puerto Barrios que no era más ni menos que la implementación de una Unidad de Cuidados Intensivos y de un Programa Académico para lo cual como por arte de magia nos agenciamos del material necesario usando lo mejor de las viejas existencias del Hospital y lo mejor también de su personal de enfermería, en una tarea que duró dos años y sus resultados todavía los hemos visto en vida. El segundo propósito de aquella modernización, el intercambio académico con jóvenes Pediatras del Hospital Roosevelt igual se llevó a cabo y algunos de ellos siguen laborando en el Hospital o sirviendo a la niñez de alguna manera.
Volviendo a ese primer viaje al Canal Inglés en 1996, además del amigo Clavandier me acompañaba otro personaje de novela: Iban Murube, un joven dentista y naturalista de la Organización Sin Fronteras, llegado desde Madrid, España, al que iba a querer como a un hijo y a quien igualmente iba a ver en acción quitando un dolor de muela con una extracción improvisada en algún vecino de la aldea, que admirando un cuadro en el Museo Thiesen de Madrid o matando el tiempo en el café Jijón recordando a García Lorca. Al mediodía de un caluroso 23 de julio navegábamos en la selva cerca de la desembocadura del Canal cuando nos quedamos atrapados dentro de una muralla de lechuga acuática que la marea había ido desplazando, lo cual hizo que la lancha, una sólida tiburonera de 25 pies se quedara sin poder avanzar dentro de aquel océano de vegetación a eso del mediodía bajo un sol que calentaba la vida. Después de varias horas de intentarlo todo, nos dimos cuenta que los esfuerzos por salir de aquel encierro lo único que habían logrado era que la mentada tiburonera se atascara cada vez más. El más joven y menos experto del equipo Iban Murube, decidió sin pensarlo mucho flotar corriente abajo en un madero en busca de auxilio a pesar de enterarse que en las aguas abundaban cocodrilos de agua salada de casi veinte pies de largo. Desapareció de nuestra vista en la primera curva del canal avanzando y remando con los brazos esperando recorrer unos cuatro kilómetros hasta la desembocadura. Pasadas varias horas y ya en el atardecer lo vimos aparecer a bordo de una lancha tripulada por un hombre de apariencia recia y de edad indefinida luciendo los dos amplias sonrisas, aquel fue mi primer encuentro con otra figura inolvidable, don David Zaldívar Mejía, patriarca de las comunidades del Canal Inglés y las Barras del Motagua, un personaje de esos alrededor del cual se tejían muchas historias de valor, bondad y hombría de bien. Montando una verdadera operación de ingeniería, cortando las raíces más gruesas de aquel mar de vegetación tras una o más zambullidas, nuestro anfitrión fue colocando garfios y remolcando cúmulos de aquel pulpo vegetal hasta que logró abrir un paso que permitiera avanzar doscientos metros, fabricando una salida de la encerrona, lo cual permitió llegar a la barra de San Francisco del Mar.
A partir de esa primera vez y durante varios meses en los fines de semana alargados, regresé al Canal Ingles con aquel francés extraordinario. Era Clavandier, un hombre fuerte y avezado para esa dura vida con un claro sentido de servicio al prójimo en esas comunidades a donde había llegado después de haber gastado varios años en ífrica. Organizamos durante tres meses una jornada completa de vacunación para los niños de menor edad, dispersos en las aldeas a lo largo de la costa por más de ochenta kilómetros que va desde Manabique hasta la desembocadura del Motagua, una tierra inhóspita en donde durante el día la arena saca fuego. La primera jornada la realizamos llegando por el mar sin entrar por el Canal que estaba entonces impasable y aprovechando una marea favorable nos fuimos acercando a unos 300 metros de la orilla con el equipo para la vacunación, mi nieto José Mario me acompañaba, fue para mi de un estímulo extraordinario, un niño de siete años que bajó sonriente de la tiburonera con el agua al cuello. (continuará).