La nueva religión democrática II de II


La guerra económica en el interior de un paí­s o entre grupos empresariales, puede tener distintos desenlaces, que van desde el fallo de los tribunales o árbitros internacionales, a las medidas de represión operadas por organismos internacionales como el FMI o del Banco Mundial.

Fernando Mollinedo

Imaginemos una nación poco desarrollada que no enfrenta una confrontación bélica interna, donde la «paz y la democracia», marcan el transcurso de sus dí­as. Los derrotados polí­ticos ocupan algunos espacios desde donde atacan a los vencedores, sin importarles las consecuencias de sus acciones. Los empresarios nacionales se trenzan en feroces combates, los organismos internacionales – siempre preocupados por la belleza de la macro economí­a – imponen medidas draconianas y como resultado de lo anterior, los habitantes optan por el crimen como modus vivendi mientras que otros son condenados a la miseria.

La historia de la democracia como nueva religión polí­tica no puede verse como un proceso donde el progreso impone su ruta para conducir a la humanidad al paraí­so; no puede considerarse como el final de la historia ni como una suerte milagrosa que conducirá a la paz. No debe negarse que la democracia puede ser un buen camino, y debe aceptarse que ella puede conducir a las tiraní­as como resultado de la transformación del Estado, el culto a los gobernantes y a una supuesta mayorí­a cuya existencia puede ser una representación mental, ideológica o estadí­stica.

La democracia nació en la Grecia clásica, marcada por la aristocracia y luego de sus fracasos fue criticada por los filósofos y olvidada por los romanos que optaron por la república o el imperio. Con el correr de los años, aparecieron los partidos polí­ticos los cuales se transformaron en agencias publicitarias, es decir, organizaciones vací­as donde se minimiza el ideario público con tal de atrapar al mayor número de electores mediante acciones de mercadotecnia que a los planteamientos polí­ticos.

El deseo de conquistar a la mayorí­a, ha banalizado el discurso de los partidos polí­ticos, pues ha permitido que la sociedad opte por la imbecilidad y la enajenación de su capacidad de elección, con tal de convertirse en una especie de cliente al cual será necesario satisfacer sin importar las consecuencias.

El derrumbe del socialismo, el nacimiento de una cultura de la riqueza, la feroz desincorporación de las empresas estatales y los servicios públicos, ponen en riesgo la viabilidad de las nacientes democracias en la medida que el gobierno transfiere su poder a las grandes corporaciones, mientras los ciudadanos afrontan el miedo y la inseguridad con una apuesta a favor de mecanismos filantrópicos que incluyen la enajenación de su libertad y su capacidad de razonar.