Una de las primeras notas de opinión que pude compartir con las estimadas y estimados lectores de este vespertino, diario La Hora, contó la historia del Tío Jacinto. Un humilde pero hábil jardinero que a sus 92 años transitaba por los carriles auxiliares del periférico en la zona 7, buscando trabajo en los vergeles de las casas ubicadas en la colonia Villa Linda. Eso apenas unos meses atrás. La denuncia que transmití en aquella ocasión se refería a que el Programa del Adulto Mayor del Ministerio de Trabajo no atendió prontamente la solicitud del Tío Jacinto por acceder a los servicios que dicho programa presta.
Con mucho pesar comunico ahora que el viejo sembrador de rosas y cipreses, el campesino atrapado en la ciudad, el contador de historias, el apreciado Tío Jacinto, falleció. Los últimos meses de su vida, aun con padecimientos por la edad, los vivió con calma. Tuvo el tiempo de buscar y encontrar a una de sus hijas con quien no se veía después de muchos años. La despedida en el velorio del barrio en que vivía fue digna de un trabajador humilde, honrado y respetado por la muchachada de la colonia. Nunca recibió el apoyo del mencionado programa de gobierno.
El calor de su esposa y la solidaridad familiar permitieron que Jacinto terminara sus días en el hogar. Fue enterrado el Viernes Santo a las tres de la tarde en el cementerio La Verbena, usado principalmente por familias pobres de la ciudad. Algo que me pareció asombroso en el tiempo que estuvimos presentes durante el entierro del Tío es que en el mismo paredón donde fueron colocados sus restos, fueron depositados los de al menos una decena de otros fallecidos. Un solo grupo de albañiles se encargaba de sellar las tumbas, por lo que, hasta para enterrar a familiares o amigos, los presentes tuvimos que hacer la respectiva cola, entre llantos, oraciones y melodías provenientes de un viejo saxofón.
Murió a causa de los padecimientos de la edad. Casi un siglo de existencia. Hoy no se puede tener la misma expectativa de vida, a causa del deterioro ambiental que sufre el planeta por la depredación capitalista, ni con los niveles de violencia que han generado ciertos grupos de la sociedad global y nacional. En el caso del tiempo violento en Guatemala, se debe denunciar que las medidas legislativas adoptadas, no plantean soluciones a largo plazo.
La ley de armas y municiones pudo ser más restrictiva; si aplicamos la proporción directa: una sola bala puede acabar con una vida humana, imagínese cuántas vidas pueden destruirse con la cantidad de municiones autorizadas a usar, por persona, en esa desdichada ley. Otra norma aprobada recientemente es la que prohíbe a dos personas conducirse en una misma motocicleta y obliga a una mayor señalización sobre el número de placa en el casco y chaleco del motociclista. ¿Y qué pasa con las parejas de esposos, novios, hermanos, familiares o amigos y amigas cuyo medio de transporte cotidiano es ese? ¿Quién defiende su derecho a movilizarse según sus necesidades y posibilidades? La medida puede surtir efecto al evitar que el crimen organizado use las motocicletas como vehículo para robar, extorsionar y asesinar. De seguro usarán otros vehículos: ¿Legislaran los diputados, en el futuro cercano, para prohibir que dos o más personas se movilicen en una camionetilla o en un auto deportivo?
Las soluciones deben ser más serias. Parece que el gobierno, en su conjunto, está tomando la situación como un juego: una chamusca en la que lleva las de perder porque carece de capacidad, o un partido en el que se divierte, porque es parte de los patrocinadores del campeonato.