Una primavera impredecible


Aquí­, al igual que en México, la primavera principió a eso de las 5 de la mañana del viernes 20 de marzo. De Guatemala se dice que es el paí­s de la eterna primavera. De la misma manera se considera a la bella Cuernavaca. Miguel íngel Asturias, al inicio y finalización de las emisiones diarias del Diario del Aire, se referí­a al paí­s como la flor de pascua en la cintura de América.

Ricardo Rosales Román
rosalesroman.cgs@gmail.com

Mucha razón y sobrada objetividad tuvo un visitante que al regreso a su paí­s escribió que si los guatemaltecos estuvieran gobernados por su clima, otra cosa serí­a. Palabras más, palabras menos, lo cierto es que quienes nos gobernaron entre el 20 de octubre de 1944 y el 27 de junio de 1954 marcaron la diferencia con quienes lo han hecho (antes y después) y, sin ninguna excepción, con los siete gobernantes de los últimos 23 años, entre quienes resulta difí­cil establecer quién ha sido o es el más nefasto, corrupto o incompetente.

El despunte de la primavera de este año en nuestro paí­s marca la culminación y comienzo, a la vez, de un agravamiento de la situación a causa de tres factores fácilmente identificables: la violencia generalizada, la impunidad rampante y la crisis económica y financiera.

Detrás de las acciones criminales y anarquizantes del 24 de marzo, tiene que haber habido algo más de lo que se maneja en los medios escritos de prensa, radiales y televisivos, así­ como de lo que la gente comenta, supone o conjetura. Es mucha la desinformación difundida como son muchos los distractores y cortinas de humo orquestados como para suponer que lo que pasó fue lo que a diario viene sucediendo últimamente. Tiene que haber algo más.

En mi columna de la semana pasada resumí­ lo que sucedió ese aciago martes. En esta oportunidad puedo agregar que el número de muertes violentas y cadáveres encontrados aquel dí­a, está por debajo de la mitad del promedio de 15 asesinatos que ocurren por dí­a en el paí­s, lo que quiere decir que si cundió el pánico y la alarma, el miedo y la crispación, la zozobra y el desconcierto, es porque algo más hay detrás de ello y cuyo trasfondo todaví­a no se ha desentrañado. Téngase en cuenta que fue mucho lo que se especuló sobre una eventual puesta del Estado de Excepción o del Estado de Sitio y que conforme el dí­a avanzaba y entraba la noche, los rumores de golpe de Estado eran más insistentes.

Los elementos con que se cuenta, no son suficientes para establecer lo que en realidad pudo ocurrir ese dí­a a no ser lo que públicamente se sabe. Sin embargo, con base en los mismos es posible configurar parte del entorno en que ocurrieron los hechos. El entorno polí­tico, económico y social local, hay que tenerlo en cuenta como hay que tener en cuenta, también, el entorno polí­tico, económico y social en, al menos, tres paí­ses vecinos.

En lo interno, la crisis general que afecta a los poderes del Estado, las instituciones, las élites económicas y el poder polí­tico y de partidos, aunque no se expresa en contradicciones antagónicas, genera y da lugar a disputas copulares, en ningún caso enconadas y, tal vez sea por eso, que se logran solventar mediante presiones abiertas o encubiertas o componendas y arreglos bajo la mesa no exentos de corruptelas y repartición de privilegios y granjerí­as. Sin embargo, lo más probable es que esto no siga así­ y que en un momento dado se produzcan rupturas abiertas y declaradas en desmedro de la ya tan debilitada y precaria gobernabilidad y estabilidad polí­tica y social.

En un escenario así­, quién puede poner en duda que el crimen organizado, el narcotráfico y las maras no se expandan y sienten sus reales allí­ donde lo necesitan, se infiltren donde les es necesario y pasen a ser una manifestación más de la descomposición social y crisis generalizada que afecta al paí­s, a la nación entera y a la población en general.

Si como lo define el Pequeño Larousse Ilustrado, un dí­a aciago es un dí­a desgraciado, de mal agí¼ero, a mí­ no me cabe la menor duda de que el 24 de marzo fue eso: un dí­a aciago, desgraciado, de mal agí¼ero. Y como no se percibe nada que dé certeza y seguridad de que la situación no tienda a empeorar, ¿no es acaso legí­timo preguntarse qué tendrí­a que ocurrir o deberí­a pasar para ponerle fin a lo que hasta ahora parece ser una primavera impredecible?

Como quiera que sea, ojalá que para el Lunes de Pascua haya más elementos a considerar para avanzar en el esclarecimiento de lo que en realidad estaba detrás del 24 de marzo. Según San Lucas, en una ocasión, Jesús les dijo a sus discí­pulos: «…no hay ningún secreto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse». (12:2).