Pero los recuerdos negativos de ese jirón de la Historia de Guatemala queda en el recuerdo de la población que vivió el terrorismo de Estado en su más amplia y cruda expresión: TORTURA, DESAPARICIí“N y MUERTE. 39 años después, las heridas no cicatrizan, nos rebelamos a dejar en el olvido esa cruenta historia; porque de una u otra forma, creemos revivirla con el ambiente de psicosis delincuencial que hoy se vive.
Los antiguos policías nacionales que aún viven, los que fueron ejecutores de tan macabras acciones, a quienes no les importaron las súplicas por dejar vivir, llevan en su recuerdo el cúmulo terrorífico de muerte del cual fueron artífices; no debemos olvidar a los autores «intelectuales» (oximorones) de este párrafo histórico; pistudos sin sesos, amantes del buen vivir material; sin escrúpulos, con delirios de grandeza social y con el tufo de ser «el destino manifiesto» de Guatemala, expresado por medio de la explotación y la oligarquía.
¡Claro que asustan! Los criminales materiales e intelectuales poco a poco serán identificados, ojalá que se sepa dónde están los restos de los millares de desaparecidos, el por qué de esas acciones; en muchísimos casos ejecutadas contra personas inocentes.
YO quiero conocer la verdad, porque aún duele recordar el sufrimiento de madres, hermanas y familias que en el peor de los casos perdieron a sus seres queridos por un «lenguazo» de información falsa; entendemos que esbirros haya habido siempre en todo el mundo, pero en Guatemala se multiplicaron en esa época histórica.
Desconozco los lugares de tortura en los departamentos del país; pero no cabe duda que los lectores en esos lares, los recordarán y siempre estarán pensando en lo que hubiera sido el destino político, económico y social de Guatemala, obstruido en su proyección iniciada con la revolución pequeño burguesa del 20 de Octubre de 1944.
Desde la época contrarrevolucionaria, los sicarios ejecutaron a millares de personas; quienes tuvieron suerte fueron enviados al exilio interno y otros al internacional; otros se quedaron para siempre descansando en suelo patrio en condición de mártires anónimos.
Los esbirros verdugos del pueblo siempre estarán presentes en la memoria histórica de la población; hayan estado uniformados, de civil, comerciantes, finqueros, industriales, secretarios oficinistas, profesionales de las leyes y otras disciplinas traidores a su formación social, pistudos vagos o con cualquiera otra «profesión», llevan desde entonces, el estigma de ser lo que fueron, y su peor castigo es que ellos mismos lo saben mejor que nadie. Esperamos la oportunidad de conocer la verdad.