El tránsito también a la espera de la inteligencia


Hace rato salimos de la época de las carrozas y carretas, de los policí­as dando ví­a en las esquinas encaramados en un taburete con tapasol y de los ruidosos gorgoritos de los agentes de tránsito, sin embargo, no hay manera de hacerle entender a nuestras autoridades que nuestras poblaciones ante su notoria incapacidad por brindar a sus habitantes un transporte colectivo, seguro y confortable, no nos quedó otro remedio que comprar cada quien nuestro vehí­culo y de esa forma, de aquellas apacibles rutas, pasamos a las atiborrarlas de vehí­culos de todo tipo y categorí­a, a tal punto, que ya no cabemos en ellas.

Francisco Cáceres Barrios

Si hubieran comprendido que la situación habí­a cambiado hubiera surgido la necesidad de tomar acción, que no es otra cosa que aplicar la inteligencia, a fin de poner al servicio de la comunidad semáforos sincronizados (también hay «inteligentes»); de arreglar, modificar o cambiar las ví­as de comunicación; colocar señales indicativas y preventivas, en fin, todo aquello que contribuyera a hacer expedito el tránsito de vehí­culos. Pero la inteligencia no ha aparecido por ninguna parte, no pasamos de las obras acomodadas a intereses particulares por aquí­, chapuces por allá, improvisaciones, ajustes y medidas coyunturales que no han solucionado el problema, algunas veces lo han complicado más y en otras, como ocurre con el llamado Centro Histórico, sigue igualito que antes como en los tiempos de carrozas y carretas.

A lo anterior y en el afán de tomar medidas preventivas, aunque fuera a rajatablas, se sumó el desmedido afán de poner túmulos por todos lados, desordenadamente se hicieron funcionar dos policí­as de tránsito que han llegado hasta el colmo de liarse a golpes, poner a sonar gorgoritos en puntos clave, logrando con ello entrampar todaví­a más los congestionamientos y para colmo, las manifestaciones y un Ministerio Público que dispone a cada rato cerrar totalmente las ví­as de comunicación para realizar sus investigaciones, sin llegar nunca a lograr resultados positivos, lo que en Tokio, México o Nueva York, por ejemplo, provocarí­a un desastre de Padre y Señor Mí­o.

El incontenible afán de hacer llegar fondos a las alcaldí­as, en especial a la capitalina, se han preocupado más por imponer multas por mal estacionamiento en lugar de evitar accidentes y de esa cuenta, se aprecia la desaparición paulatina de señales orientadoras y preventivas, la ausencia de mantenimiento de las indicaciones en el asfalto, bordillos y banquetas, en fin, todo aquello que pudiera contribuir a hacer más expedito, seguro y confiable el tránsito, sin los sobresaltos que sufrimos constantemente los conductores. Si a lo anterior le agregamos la ausencia de educación y cultura de nuestro pueblo, como la invasión de motocicletas que la crisis del transporte y el precio de los combustibles trajo consigo. ¿No cree usted apreciable lector, que ya es hora de contar siquiera con una pizca de inteligencia?