La muerte esta madrugada de Anthony Josué Rosales Rodríguez, un bebé de dos meses víctima de la balacera ocurrida en el ataque a un bus urbano, tiene que provocar una reacción de los ciudadanos guatemaltecos que ante otros hechos de sangre nos mostramos impasibles pero que por fuerza nos debemos indignar cuando un pequeño se convierte en la víctima de la violencia y la inseguridad que sufrimos.
Cierto es que las autoridades son las llamadas a enfrentar la ola de criminalidad, sobre todo sabiendo éstas que se trata de acciones que pretenden cabalmente desestabilizarlas a ellas, pero si ni así reaccionan, ni para defenderse de lo que pueda ser una conspiración con tintes políticos tienen la inteligencia y los arrestos para actuar, la población debe manifestarse para exigirles y forzarlos a que simple y llanamente cumplan con su primordial obligación, consignada como tal en la Constitución Política de la República que dice que el Estado se organiza para garantizar a los ciudadanos la seguridad y la vida.
Ha sido tanta la violencia que nos hemos vuelto indiferentes y no nos conmueve el dolor y el sufrimiento ajeno. Salvo si se trata de casos que puedan tener impacto directo en nuestro entorno familiar o social, de lo contrario nos acostumbramos ya a ver las noticias de violencia como quien escucha las que se refieren al estado del tiempo. Las decenas de muertos que ocurren todos los días han tenido el efecto de endurecer nuestros corazones, limitando la capacidad del individuo para sufrir con sus semejantes y mostrar su solidaridad con el dolor ajeno.
Quizá el mayor triunfo de los malos, de los criminales que se han enseñoreado del país, ha sido provocar esa actitud entre la población porque nuestra indiferencia se traduce en la indiferencia de las autoridades que, como la sociedad, ven crecer la lista de los muertos sin que ese hecho les provoque la sensación de que estamos cayendo en un precipicio por la ingobernabilidad.
Josué Rosales debe convertirse en un símbolo de esta sociedad que sufre y ve morir a sus miembros todos los días. Un símbolo que nos sacuda la conciencia porque no podemos quedar sin inmutarnos cuando sabemos que un niño inocente de dos meses de edad, que viajaba en el bus en brazos de su madre, fue víctima de los salvajes que para desestabilizar y crear problemas se dedican a segar vidas con la mayor sangre fría, sin que importe la calidad de las víctimas. Nosotros no nos resignamos a ver que Guatemala se desangra porque nuestras autoridades navegan en su incapacidad para enfrentar el problema y les demandamos con firmeza que cumplan con su deber constitucional, so pena de que el pueblo se los demande por otros medios.