Nacido en 1904 en Berlín, publicó en 1932 su primer libro «Film als kunst» (El cine como arte), en donde analizaba la naturaleza de las imágenes en movimiento. Fue una genialidad que de inmediato le dio notoriedad en toda Europa, aunque el texto fue conocido después en América.
Ese fue su primer contacto entre la comunicación social y el arte, lo que lo consolidó como un teórico sólido, comprometido y respetado. Fue influenciado por sus estudios en la universidad de su natal Berlín, que estaba profundamente marcada por la Teoría de la Gestalt con Wertheimer, Kí¶ler, Kofkta y Lewin. Culminó su doctorado en la Universidad de Humboldt con un trabajo de «Investigaciones psicológico-experimentales en torno al tema de la expresión» y este será su norte durante el resto de su actividad intelectual.
Pero su origen judío le causó problemas con el régimen de Hitler y tuvo que salir de Alemania; viajó a Roma donde, en 1936, publica su obra cumbre «Radio: The art of sound», del cual hay una excelente traducción con el sugestivo título de Estética Radiofónica (Barcelona, Gustavo Gilli, 1980) Un clásico para el mundo académico radiofónico mundial.
Más tarde se trasladó a Londres, contratado por la BBC Radio para laborar por corto tiempo. De allí viajó a Nueva York, donde se vuelve a encontrar con sus amigos alemanes, muchos connotados psicólogos, que también habían tenido que salir de su patria por la persecución de régimen nazi. Innecesario decir que la intolerancia era la nota predominante.
Se unió a la Universidad de Columbia, en el «Radio Project» que dirige Paul Lazarsfeld y dicta clases en el New School por Social Research, patrocinado por una beca de la fundación Rockefeller. De allí, las hojuelas, se llenaron de miel, para sus tesis reconocidas mundialmente.
A partir de ese momento, toda su vida fue ligada a la investigación sobre el arte y la comunicación, en particular a los fenómenos de la percepción (incluyó temas de arquitectura/diseño) así como numerosos ensayos aparecidos en revistas especializadas, que luego se convirtieron en éxitos de librería, trasladados orgánicamente a libros fundantes.
Arnheim murió el año antepasado a los 104 años, siendo venerado por toda una generación. Todavía a principios de siglo publicó lo que se supone fue como un testamento de su larga, prolífera y extraordinaria existencia: «El quiebre y la estructura», en editorial Andrés Bello, de Barcelona. El libro plantea conceptos novedosos, desde un intelectual visionario que tuvo la capacidad de observar este mundo tan cambiante, como pocos lo han hecho.
No es extraño que sus primeros libros hayan estado centrados en los dos medios que, por esos momentos, eran los relevantes. Inicialmente, el cine, aquella industria que empezaba a despuntar como una de las más influyentes en el campo de la conciencia de grandes conglomerados y, también, el ámbito de la radio, que apenas si se iniciaba como medio de comunicación masivo.
Más adelante, Arnheim también abordó (con igual o mayor pasión) el tema de la televisión, como medio que iba a convertirse en predominante a lo largo de todo el siglo en el que nació y que tuvo el privilegio de observar cambios dramáticos y asombrosos, con la ventaja de ser un intelectual comprometido con las ciencias de la conducta, pero con el agregado de su enorme capacidad de ver, desde un balcón científico, la evolución de la comunicación más allá de cualquier consideración.