Somos un país «en vías de desarrollo». Por lo tanto el cúmulo de nuestras prioridades atraviesa por desafíos descomunales. Nuestro viaje en la ruta hacia el desarrollo se ve entorpecido por actitudes de negligencia acentuada. Radicalismos persistentes y la ausencia de auténticas aperturas al diálogo y la construcción colectiva del futuro que a todos nos afecta. Cuando pareciera que podremos ponernos de acuerdo en algo, irrumpe en nuestro imaginario, el aberrante egoísmo que nos impide ver más allá de lo que hemos llamado «la coyuntura nacional».
Muchos de nuestros connacionales se debaten a diario entre la miseria, también entre la lenta y fatal agonía de vivir en exclusión. Y la vida urbana nos acecha en medio de la incertidumbre que acongoja al sentirnos atrapados frente al eventual y fatídico cruce de una «bala perdida». Morir ya no es la cuestión existencial, después de una vida de esfuerzos, sueños y algunos logros. La muerte está en guardia permanente. La muerte se presenta imponente, repentina y violenta. Pero también se manifiesta pausada y sin claudicar. Nuestro entorno se deteriora. Los recursos naturales se agotan, se contaminan. La enfermedad se entroniza. Y agonizamos todos los días en esa cotidianidad de sangre y dolor a la que nos «acostumbramos». La violencia es cosa de todos los días.
Y cómo habremos de fijar prioridades. Cómo podemos encarar el futuro si el «aquí y ahora» nos tiene atrapados en nuestras propias cárceles. Aquí donde el comercio del tendero se produce entre rejas. Aquí donde el temor es cotidiano. Aquí donde el futuro es apenas la «ganancia» diaria y al cerrar el «libro» no tenemos la certeza de poder anotarle ingresos-egresos al día siguiente. Qué hemos de priorizar si la vida tiene un futuro que se trunca ante la violencia que nos rodea. Qué legaremos a las futuras generaciones que impávidas observan que los valores materiales se expresan como el modelo a seguir. En donde no importa cómo se ha obtenido lo que se tiene, sino disfrutarlo al máximo, aunque sea por un lapso fugaz.
Si apostamos por la educación nos topamos con el charlatán de la esquina que «posee» más que el erudito de esfuerzos continuados. Si el talento que se privilegia es el de la arrogancia y le perdonamos que sea un cúmulo de ignorancia.
Si nos volcamos a la salud y la vida, cualquiera nos la arrebata en su loco afán por imponer su ley y hacerse de un dinero fácil e inmediato. Si el castigo al infractor solo se impone si quien lo comete es quien no puede traficar con las influencias que le otorga la campante impunidad.
Las prioridades desde la perspectiva de unos se encaran con valor. Desde la óptica de otros, es el vacío, pero, locuaz error de hacer lo irrelevante en notorio y que de hecho el modo de vida en nada hará cambiar. Los antípodas se conjugan y apuestan nuestro porvenir.
Así lo que podamos hacer para propiciar cambios positivos en los más necesitados deberá esperar. El diálogo se torna de sordos. La intransigencia se apodera de nuestra capacidad de negociar. Y de nuevo volvemos a demandar que se atienda la prioridad ésta o aquélla y no lo que se hace por aquí o por allá. El rumbo está marcado por las grandes carencias. Los descomunales argumentos de la intolerancia y más aún los del individualismo, son los que imponen el rumbo de nuestro desenvolvimiento colectivo. Absurdo pero evidente. Y entonces es la de nunca acabar. Las prioridades seguirán siendo pospuestas. Aplazadas. Pues no podemos ver y construir nuestro futuro con sentido estratégico. Eso parece demasiado para quienes el presente nos tiene atrapados, con su vorágine de violencia, terror y delincuencia por doquier.