Al final todo depende del color


Es indiscutible que vivimos en una sociedad marcada aún por resabios de enorme intolerancia y eso se traduce en que el sello ideológico hace que lo que unos aplauden frenéticamente, otros lo condenen con la mayor vehemencia. Y no hablamos únicamente del tema de moda que es la condecoración a Fidel Castro, alrededor de la cual se ha armado una de las más agrias polémicas de los últimos años, en las que afloran tanto razones y argumentos de peso en uno y otro lado, como puras pasiones que demuestran cuán lejos está para la sociedad guatemalteca la reconciliación.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Pero el caso que me llama la atención y en el que se observa, para variar, cómo la ideologí­a nos coloca en una posición que puede interpretarse como de doble moral, es el del resultado de la consulta popular de Chávez para eliminar los candados que impedí­an una reelección indefinida. Parto del criterio de que el modelo polí­tico latinoamericano en general no hace posible que se hable de reelección en el sentido estricto, porque desafortunadamente la forma en que se puede usar, y de hecho se usa, el poder público para inducir el voto en aquellos procesos que puedan reputarse medianamente libres, hace que todo acto de reelección de un Presidente se convierta en realidad en un acto de imposición de quien ejerce el poder.

Distinto es nuestro caso al de los paí­ses con regí­menes parlamentarios en donde se ve que los jefes de gobierno pueden permanecer muchos años al frente del Ejecutivo porque se trata de ejercicios diferentes en los que los procesos electorales se realizan con el debido control para impedir que quien detenta el poder pueda usarlo malévolamente para inclinar la balanza. La misma reelección en Estados Unidos, limitada a un perí­odo adicional después del caso de Franklin Roosevelt, se caracteriza por un extraordinario celo de la opinión pública para impedir el uso de los recursos nacionales para inclinar la balanza.

Pero me llamó la atención escuchar la semana pasada algún comentario radial en el sentido de que ojalá Guatemala tuviera algún dí­a un presidente como el de Colombia, el señor ílvaro Uribe, que ha sido tan buen gobernante que su pueblo hasta lo reelige para que siga dirigiendo los destinos del paí­s. Sin embargo, quienes encomian las reelecciones de Uribe son los mismos que de manera furibunda despotrican contra Chávez por aspirar a nuevas reelecciones y descalifican la consulta popular bajo el argumento de que manipula a la población mediante medidas de populismo.

Yo pienso que lo mismo manipula a la población Chávez que lo hace Uribe para reelegirse cada vez que se lo propone y me parece que el daño a la democracia es exactamente el mismo. Lo que pasa es que Uribe parece honrarse a ojos de unos porque se enfrenta a la narcoguerrilla de las FARC y porque encabeza un gobierno de fuerza y de tendencia conservadora, mientras que Chávez es aplaudido por aquellos que simpatizan con la izquierda o, por lo menos, comparten la visión que tiene el gobernante venezolano respecto a lo que él llama el imperialismo yanqui.

El caso es que la alternabilidad en el ejercicio del poder y las elecciones libres son apenas parte de la democracia, pero en todo caso la promoción de la auténtica dignidad de todos los habitantes de cada uno de los Estados debiera ser el objetivo para hablar realmente de oportunidades democráticas. Lo demás es la continuación, por otros medios, del folclor de las dictaduras tropicales.