El que peca y reza…


La frase es vieja, pero sin duda alguna fue el recordado comentarista deportivo Abdón Rodrí­guez Zea quien la colocó nuevamente en el refranero guatemalteco cuando en sus transmisiones de béisbol decí­a que quien peca y reza, empata. Ante la forma en que la sociedad guatemalteca se muestra polarizada por la decisión del presidente ílvaro Colom de condecorar con la Orden del Quetzal a Fidel Castro, vale la pena recordar esa expresión y decir que, para limitarnos únicamente al ámbito continental, también Augusto Pinochet Ugarte recibió esa presea en su momento, con lo que se puede hablar técnicamente de que hemos alcanzado el empate.


Una de las caracterí­sticas de un estadista es comprender a su pueblo y evidentemente el gobierno no parece haber tomado en cuenta las cicatrices de la Guerra Frí­a y de nuestro conflicto armado al decidirse a otorgar la condecoración a la polémica figura de Fidel Castro. No es cuestión de si la merece o no, sino de lo que el colectivo social piensa al respecto y estamos siendo testigos de abundantes polvos producto de los dolorosos lodos que marcan la vida de nuestro paí­s en la segunda mitad del siglo XX.

Para quienes creen que el conflicto armado interno empezó realmente en 1954, cuando la intervención extranjera puso fin al gobierno de Arbenz, la idea de condecorar a Castro es correcta y oportuna. Para quienes, por el contrario, nuestro conflicto fue apenas producto de una orden de Castro para incendiar Guatemala, se trata de una afrenta inaceptable.

El problema es que ni una ni otra postura tienen toda la verdad, puesto que el conflicto armado de Guatemala tiene raí­ces propias en el desequilibrio social, en la exclusión generada por el macartismo del 54 y los altos í­ndices de pobreza sin oportunidades.

Pinochet y Castro pueden considerarse los estandartes negativos para los distintos polos de nuestro intolerante escenario. Condecorar con la Orden del Quetzal al golpista que no sólo derrocó al gobierno de Allende sino convirtió en matadero al Estadio Nacional parece inaudito. Y eso para no hablar de la proyección internacional de su guerra sucia con la tenebrosa Operación Cóndor. En el caso de Castro también el fusilamiento marcó el inicio de su régimen y en Cuba la disidencia va a la cárcel, además de que el lí­der cubano no dudó en apoyar al movimiento guerrillero en nuestro paí­s.

Cuando se condecoró a Pinochet, los opositores al despropósito no tení­an acceso a los medios y la protesta fue sorda. En cambio la protesta en el caso de Castro encuentra camino para hacerse oí­r y pareciera más enérgica y fuerte, lo que permite recordar que la reconciliación seguirá siendo tarea pendiente.