La mejor herencia que los padres y maestros pueden dejar a los niños es el amor a los estudios. Para infortunio planetario, sin embargo, no es un resultado que a menudo se alcance, sea por la angustia de terminar el programa (en el caso de los profesores), sea porque los padres mismos tienen aversión al conocimiento.
Así, los principales enemigos en la seducción al saber son los mismos responsables de la educación de los niños. í‰stos nunca llegan a enamorarse de los libros porque simplemente nunca se les estimuló en la tarea.  Por eso, habitualmente la escuela es una especie de maldición cotidiana, leer es una pesadilla y escribir es una labor aburrida.Â
La mejor prueba que tienen los padres respecto al aborrecimiento del saber en los niños se puede obtener los fines de semana. Fíjese. Si ve que los «pimpollos» suelen levantarse tarde, ver televisión con arrobo, matar el tiempo en juegos electrónicos o simplemente practican «il dolce far niente» en la calle (sin ni siquiera jugar con los amigos) tiene una preciosa evidencia que eso de «estudiar» es algo absolutamente extraño en sus vidas.Â
Otra prueba que puede ser concluyente lo constituye el hecho de una especie de tragedia existencial en el niño cuando usted lo llama para pedirle hacer los deberes o simplemente la solicitud de una lectura de cualquier naturaleza. Si aquí ve que la vida se le vuelve amarga a la tierna criatura usted debe sospechar que está frente a un caso en el que no se le ha enseñado a amar el saber. El niño aborrece estudiar porque no se le ha seducido adecuadamente.
¿Qué hay que hacer frente a este cuadro de enfermedad espiritual (es un padecimiento que debería ser tratado como el paludismo o el cólera)? Pongo a su consideración algunas sugerencias.
En primer lugar, revise su actitud frente al conocimiento. Haga un examen de conciencia y examine si no ha sido acaso usted el transmisor de ese virus mortal (del espíritu, claro). Pregúntese: ¿Cuánto leo en el día? ¿Qué leo? ¿Ven en mí los niños un modelo de alguien preocupado por la formación permanente? ¿No soy acaso más un apasionado a la televisión y a la vagabundería que al estudio? Una vez respondida esas preguntas empiece a poner su barba en remojo y a hacer algo en beneficio de la salud de su cachorro.
Un segundo consejo puede dirigirse a la búsqueda de fórmulas de seducción. La educación es cuestión del corazón, decía san Juan Bosco. Hay que enseñarles a los niños a amar el conocimiento. Para eso quizá convenga estrategias como el de leer con ellos, compartir las historias narradas, visitar librería, gratificar el esfuerzo por la lectura diaria y conversar con el niño todo el tiempo respecto al beneficio del saber. Insistirle al «tesoro» que a usted nada lo hace tan feliz como cuando lo ve estudiando. Y que nada lo hace más débil a usted que su responsabilidad escolar.
Finalmente, dedique todo el tiempo posible con sus niños en la realización de la tarea escolar, la lectura y la escritura (aunque no lo haya demandado la escuela). Si en la semana no tiene tiempo, hágalo los sábados y los domingos. «Es que no tengo tarea», puede decir el niño. «No importa, diga usted, los inteligentes como tú estudian todos los días y es una pena que no lo hiciéramos juntos». Haga dictados, observe la ortografía, hágalos leer en voz alta, busquen la enseñanza del texto, rían y enseñe que no tiene por qué ser una pesadilla el estudio. Demuéstrelo y verá que, poco a poco, nacerá ese «nerdo» que todos los niños llevan por dentro. Se sentirá orgulloso de ese digno hijo suyo.