Sobre cobardes y otros mañosos


Ahora que ya viene el Dí­a del Cariño (¡ahhh… suspiro), me viene a la mente aquella canción de amor de Silvio Rodrí­guez, que dice: «Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan ahí­; ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar»

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

Y es que, ahora que me acuerdo, no querí­a escribir sobre amor, sino sobre la cobardí­a, caracterí­stica de nuestra sociedad actual. Pero no es culpa nuestra; esto sólo es una consecuencia de la impunidad en la que ha estado sumido el paí­s en el último medio siglo.

Y es que cuando ocurren leves atisbos de valentí­a, nos inundan estas acciones y hasta las alabamos; por ejemplo, el caso de la señora que ayer, que al verse asaltada por dos hombres motorizados les tiró el carro encima, arrollándolos y obligándolos a huir malheridos.

El nivel de impunidad en que vivimos ha obligado a la población a empezar a tomar acciones por mano propia, como ésta, o como el caso -en enero de este año- cuando el pasajero de un bus mató a dos hombres que habí­an subido a asaltar.

Lamentablemente estas acciones son celebradas por la gente; basta leer los comentarios que los lectores han escrito en la página de Internet de La Hora acerca de estas noticias, donde felicitan a estas personas que no se dejaron robar.

Y es que digo «lamentablemente» porque no deberí­amos llegar a esos extremos; pero ya llegamos, y supongo que la población ya está cansada de que las autoridades hagan poco o nada para aliviar nuestras necesidades, sobre todo en el tema de la seguridad.

Y como muestra, ahí­ tenemos a nuestro sistema de justicia, que posee jueces cobardes que no son capaces de hacerse cargo de un caso de alto impacto, como la narcomatanza de Zacapa. Claro está, se prefiere ser cobarde vivo, a valiente casi muerto por la falta de seguridad personal; pero, mientras tanto, los magistrados no son capaces de elegir a su presidente; ¡QUí‰ COBARDES!

Y es que digo cobardes por no decir mañosos, porque obviamente mucha de la inacción que existe en nuestro sistema de justicia y seguridad no es por cobardí­a, sino por mañoserí­a. Pero prefiero llamarlos ¡COBARDES!, porque es una palabra más fuerte, más fea, y porque la mañoserí­a -al fin de al cabo- se purga con la cárcel o con la muerte, mientras que la cobardí­a se trasfiere a siete generaciones de su descendencia.

La violencia y la agresión -incluso contra delincuentes- no es justificable; sin embargo, estos hechos sólo son una señal del cansancio de la población, y si las autoridades no se quitan sus mañas para solapar al crimen, la gente empezará a poner en boga aquel dicho que reza: «El valiente vive hasta que el cobarde quiera».

Al final -así­ como empecé- quiero terminar recordando una canción de amor, esta vez de Joaquí­n Sabina, que canta: «Que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena». (http://diarioparanoico.blogspot.com)