¿Romperá Obama grandes paradigmas?


Las primeras tres semanas en el poder de Barack Obama han traí­do un aire fresco a la polí­tica norteamericana y evidencia la intención de cambiar viejos moldes que van mucho más allá del rí­gido código que estableció Bush para la vestimenta en el Despacho Oval de la Casa Blanca. Su acercamiento con la gente y la disposición a combatir la influencia de los cabilderos en las decisiones polí­ticas son apenas atisbos de lo que se vislumbra como una presidencia a tono con los tiempos para renovar la forma en que se hace polí­tica.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Sin embargo, el mismo Obama entiende y reconoce que algunas prácticas están tan arraigadas en la costumbre de Washington que no será fácil alterar comportamientos que se dan por buenos desde hace muchí­simos años, aunque la población los vea como parte del eterno juego de los poderes en el llamado tráfico de influencias. Mientras el presidente de los Estados Unidos no se acomode y siga luchando contra la corriente, mantendrá siempre un sólido respaldo de una población que pudo comprobar en los últimos ocho años el altí­simo costo del contubernio descarado entre los polí­ticos y los grandes intereses económicos. La crisis actual tiene su origen cabalmente en el maridaje que eliminó controles y restricciones para facilitar, en nombre del mercado, que la codicia se adueñara del sistema.

Pero en lo que a nosotros respecta es obvio que los dos grandes temas en los que importa la actitud del nuevo gobierno son el de la migración, complicada ahora por la crisis económica, y el del narcotráfico. Hace unos dí­as el Embajador de los Estados Unidos hizo un aporte como parte del Plan Mérida, para ayudar a Guatemala en la lucha contra los traficantes de estupefacientes y en ese contexto entregó a las autoridades guatemaltecas una contribución en especie y seguramente en efectivo, de 16 millones de dólares, es decir, alrededor de ciento veinte millones de quetzales, cantidad respetable, pero que en comparación con lo que manejan los narcotraficantes es en el fondo poco relevante.

Y es que el punto está en que nuestros paí­ses nunca tendrán suficientes recursos para enfrentar el problema del tráfico de drogas, puesto que los recursos de los que realizan esa actividad ilí­cita son inmensos gracias a lo que pagan los consumidores norteamericanos que diariamente trasladan millones de dólares a los bolsillos de los grandes capos. Y éstos, a su vez, usan esos recursos no sólo para sufragar los gastos de producción y enví­o, sino para corromper las instituciones en los paí­ses que han escogido para el trasiego.

Yo creo que mientras la droga siga siendo ilegal, nunca estaremos en capacidad de disponer de recursos suficientes para combatir su tráfico. En ese sentido pienso que un paradigma que tendrí­a que romper el nuevo gobierno es el de culpar a estos paí­ses del problema del narcotráfico, cuando la raí­z está en la misma sociedad norteamericana. No creo que Obama pueda ni quiera legalizar la droga, pero al menos su gobierno debiera entender que mientras no ataquen el consumo, reduciendo la demanda, no habrá forma de controlar el tráfico. Entender que el problema está dentro de Estados Unidos es ya una forma importante de romper el paradigma.