El paí­s vibra con «Malacrianza»


El toro conocido como

Parece una estrella de cine: decenas de personas de todas las edades se agolpan alrededor del camión que lo transporta para tomarle fotos, mientras él, altivo y nervioso, pega cornadas al aire haciendo gala de su fama construida en tardes de gloria y muerte.


Es «Malacrianza», el toro que hace hace vibrar a Costa Rica.

Hijo de una vaca parda y un toro de raza Brahman, este espectacular ejemplar de ocho años y medio y 750 kilos de peso, coloreado de todos los matices del negro al blanco, impresiona por su altura y, sobre todo, por los desmesurados cuernos que se yerguen al cielo.

«Es muy inquieto», dice su propietaria Jeannette Rodrí­guez. «Iba para buey, pero cuando era joven no se dejaba poner el yugo, por lo que decidimos dedicarlo a la monta», explicó.

Sus espectaculares brincos y su cabeceo hacia los lados en un intento de asestarle la estocada a sus montadores lo han convertido en la estrella indiscutible de las plazas de toros de Costa Rica.

Su fama es a causa de dos muertes. La de un joven montador al que clavó uno de sus cachos en el cuello y otro que lanzó al aire y cayó de cabeza al suelo, muriendo poco después.

Nadie habí­a logrado permanecer encima de él más de seis segundos. Pero después de una convalecencia de más de un año por una lesión en una pata, en diciembre, en las fiestas de Zapote, en San José, «Malacrianza» no logró derribar a su montador, aunque la victoria de éste quedó empañada por el uso de unas espuelas prohibidas.

Finalmente, el sábado el menudo montador Ricardo Gutiérrez, de 23 años, logró agotarlo en la plaza de Nicoya subido a sus lomos para delirio de los miles de aficionados que llegaron a la ciudad colonial guanacasteca desde todo el paí­s y decepción de las decenas de jóvenes que se habí­an lanzado al ruedo para salirle al quite.

«Â¡Está acabado ese toro!», gritó desde la grada Estrella León, quien habí­a llegado desde San José para presenciar el duelo con el que posiblemente se convierta en su sucesor: «Chirriche», un ejemplar de color azabache con una franja blanca en la cara, de 5 años y 650 kilos de peso, que lanzó al aire a su montador nada más traspasar los portones de la manga de salida a la polvorienta plaza.

El valor de la victoria de Gutiérrez, el nuevo í­dolo nacional, radica en que usó la monta rústica, el auténtico estilo de Guanacaste, herencia que dejaron los sabaneros de las grandes haciendas ganaderas y que tiene como principal caracterí­stica las espuelas corredizas y una cuerda a dos vueltas en el cuerpo del toro detrás de las patas delanteras, a la que el montador se sujeta.

La propietaria asegura que «ahorita está apenas empezando a recuperar su ritmo. Cada dí­a juega mejor», aunque es consciente de que no le quedan más de 1 ó 2 años de vida activa en los ruedos costarricenses.

Ni ella ni ninguno de sus tres hermanos propietarios de la finca de Nueva Esperanza, en playa Garza del litoral pací­fico costarricense, han sucumbido al «mucho dinero» que les han ofrecido por este recio e imponente ejemplar.

«Ni pasa ni por la mente de nosotros venderlo», dice sobre este toro que les ha dado «muchas alegrí­as». No sólo a ellos, sino a las comunidades que hacen «muchí­simo dinero» con su presencia.

Si se restan los 2.000 dólares que les pagan los organizadores por prestar a «Malacrianza» con otra media docena de toros, el resto son ganancias para el comité de ferias de Nicoya, tanto como 50.000 dólares, aseguró Rodrí­guez.