Muchas facetas tiene la inseguridad personal y patrimonial que danza macabramente en casi todas las ciudades, en algunas cabeceras departamentales y en otros lugares de la República.
La metrópoli capitalina, Quetzaltenango, Huehuetenango, Chimaltenango, San Marcos, Izabal, Zacapa, Chiquimula, Alta Verapaz, Baja Verapaz, Jalapa, Jutiapa y Escuintla son unos de los lugares más castigados por hechos tan repudiables.
Los graves atentados criminales están a la orden del día y no hay acciones de autoridades y de entidades cívicas que puedan contener esa grave situación. Una sociedad inerme no fácilmente decide organizarse para defenderse de los malhechores.
Muchos pilotos de autobuses urbanos y extraurbanos han sido muertos a tiros y, al parecer, todo queda sin esclarecer y en completa impunidad.
Sólo unos cuantos autores de asesinatos y latrocinio son puestos a buen recaudo, pero no la gran mayoría. Se calcula que los «matarifes» escapan por lo menos en un 90% sin ser descubiertos y como estimulados para seguir haciendo de las suyas y de las de Lucifer.
Los maleantes se movilizan a pie, en motocicletas, automóviles, buses urbanos y extraurbanos en forma individual o en cuadrilla. Las estrategias de los delincuentes son sencillamente maquiavélicas. Cada día inventan nuevas formas de proceder contra la gente de bien.
Saben, los forajidos, que si son capturados por las fuerzas de seguridad los soltarán más pronto de lo que canta un gallo los ya muy «famosos» tribunales de «justicia» por falta de pruebas fehacientes, y eso no deja de provocar frustración en las instituciones garantes del orden.
En no pocos casos hay personas que presencian las atrocidades cometidas contra hombres, mujeres y niños indefensos, pero nadie; nadie, así como se lee, se atreve a atestiguar en las judicaturas acerca de lo las «niñerías» que presencian. ¡Por tontos!, dirán los testigos. A la policía y en los juzgados tienen que declarar «hasta» cuando no han podido ni desayunar o precisar los datos climáticos que da a conocer el Insivumeh y… entonces; entonces piensan en las consecuencias.
Por carecer de lo fedatario, a los partes o informes de la policía no se les reconoce plena validez. Si acaso, algunos administradores de las mil y tantas veces burlada justicia les dan ¡piadoso carácter de simples indicios probatorios!
Ya se sabe en el solar patrio y en otras latitudes que la «santa justicia» camina como «Chencha» en nuestra pobre Guatemala.
Otras gracias delincuenciales constituyen los secuestros de menores y mayores de edad con propósitos de extorsión; las viles venganzas personales, los hurtos, los robos, los ultrajes a señoras, señoritas, niños y niñas; los pintarrajeos de edificios y otros inmuebles públicos y privados con derroche de abuso y mala educación, los «impuestos» que con amenazas y a mano armada se cobran las «maras», y tantas barbaridades a las que ya se les está viendo con toda naturalidad en el seno de la sociedad. Y es que, desdichadamente, mucha gente ya se acostumbró a lo peor de lo «más pior» que, como irremediablemente, está aconteciendo desde hace buen rato en el país de la eterna primavera desprimaverada.
El ministro de Gobernación, Salvador Gándara, está adoptando algunas medidas contra la peligrosa situación que ha emergido aquí, en esta cuasi anarquizada parcela del istmo centroamericano; medidas que pueden dar los resultados que el pueblo está deseando para que la vida nacional transcurra con la necesaria normalidad.