Entre desconfianza y rabia dudan en ir a votar


A sus 28 años, Ihab Issa admite que la guerra en Gaza ha acabado con sus últimas esperanzas de ver dí­as mejores, por lo cual ha decidido no votar en las legislativas israelí­es del 10 de febrero.

POR BARRY PARKER

Este propietario de restaurante es uno de los 1,4 millones de árabes residentes en Israel, atrapados entre su identidad palestina, un Estado judí­o del que son ciudadanos y los llamamientos de los extremistas israelí­es al «traspaso».

«Es sólo la guerra, la guerra y más guerra. Cada dos años, Israel entra en guerra, y mueren niños e inocentes (…) en Gaza, en Lí­bano…», suelta con rabia.

«Y ahora, ¿me piden que vote? ¿Cómo podrí­a votar?», se indigna Issa, sentado en su restaurante de Nazaret, la ciudad con mayor población árabe israelí­ situada en Galilea (norte).

Los árabes israelí­es son descendientes de los 160.000 palestinos que se quedaron en Israel tras la creación del Estado hebreo en 1948. Representan el 20% de la población. El parlamento cuenta con nueve diputados árabes israelí­es.

«Son las elecciones de la revancha. No con la sangre, sino con la democracia», explica el jeque Ibrahim Sarsur, candidato del Movimiento írabe por el Cambio, un partido islámico moderado.

«Dentro de 30 años, representaremos entre el 45 y el 50% de la población total, es una bomba de relojerí­a demográfica para Israel», declara desde su oficina de Kfar Kassem (noreste de Tel Aviv).

«Sentimos que nuestra existencia fí­sica está realmente amenazada», explica, al referirse a la amenaza de «traspaso» de los árabes fuera de Israel.

Uno de los principales partidarios del «traspaso» es Avigdor Lieberman y su partido Israel Beitenu, que obtendrí­a en torno a 17 escaños (del total de 120) según los sondeos. Podrí­a formar parte de la próxima coalición de gobierno.

Su popularidad se ha disparado durante la reciente guerra en la franja de Gaza, durante la cual miles de árabes israelí­es se manifestaron, con consignas como «Hamas, estamos contigo», en referencia al movimiento islamista que controla ese territorio.

Lieberman trató también de lograr la prohibición de dos partidos árabes, a los que acusaba de no reconocer a Israel.

Pero lo que más preocupa a Sarsur es la poca motivación de los árabes en estas elecciones. Su tasa de participación era del 90% en los años 50, del 62% en 2003, y del 56% en 2006, de los cuales el 30% votó a partidos sionistas.

«Trabajamos duro para movilizar a más electores», explica el candidato.

Pero las luchas internas acabaron con los esfuerzos por reunir a los candidatos árabes en una sola lista.

Además, el partido los Hijos de la Patria se unió al llamamiento al boicot de la rama radical del Movimiento Islámico, lo que representa una pérdida potencial de cerca del 10% del electorado.

Hanin Sohbi, candidata de la lista de la Asamblea Nacional Democrática, teme que la abstención aumente también este año.

«Hacemos todo lo posible para no perder votos», declara.

En un café de Kfar Kara, una localidad próxima a Um el Fahem (norte), bastión del islam radical en Israel, Muhran Azab, de 24 años, manifiesta su indiferencia frente a las elecciones.

¿Irá a votar? «No creo», contesta. «Nunca he votado, entonces ¿por qué lo harí­a ahora? No conozco a los diputados árabes. Y tampoco creo que voten mis amigos», dice.