La superstición amenaza a los albinos


Alfred Kapole, es un albino que teme que lo utilicen como ingrediente de pociones. FOTO LA HORA:  archivo

Cuando camina por la calle en el norte de Tanzania, Alfred Kapole sabe que sus piernas, brazos, piel, lengua y cabello valen miles de dólares para los hechiceros locales.


Kapole es albino y como tal sabe que es pieza codiciada como ingrediente de «pociones mágicas» que enriquecen a la gente.

«Una vez estaba andando por la calle, con el secretario y el tesorero de la asociación de albinos, para ir al haspital a hacer un chequeo y unos albañiles comenzaron a gritar: «Â¡Negocio!, ¡negocio!»», explica Kapole.

El presidente para la región de Mwanza de la Asociación de Albinos en Tanzania dice que aquellos hombres fueron arrestados pero liberados poco después al considerar el tribunal que no eran culpables de proferir insultos.

«Existe demasiada impunidad, éste es el motivo por el que vivimos atemorizados», argumenta este hombre de 46 años.

Como muchos otros albinos en los paí­ses del ífrica Oriental, Kapole tuvo que dejar su empleo por miedo a ser secuestrado, asesinado o descuartizado.

Según los residentes locales, los hechiceros utilizan los órganos y huesos de los albinos para hacer brebajes con los que adivinar dónde encontrar diamantes y los pescadores tejen sus redes con cabellos albinos con la esperanza de aumentar sus capturas en el lago Victoria.

En febrero de 2008, la niña Mariam Emmanuel, de cinco años, fue sacrificada en su propio dormitorio. Fue la ví­ctima más joven de los 43 albinos que murieron el pasado año en la región, sin contar los recién nacidos asesinados por sus propios padres.

Su hermana Mindi, de 12 años, una niña muy pequeña de piel negra normal, se encontraba en la misma habitación de Mariam Emmanuel. «En medio de la noche, tres hombres entraron con una antorcha. Me dijeron que me callara o sufrirí­a la misma suerte que mi hermana», asegura.

Después de que uno de ellos le cortara la garganta a su hermana, Mindi recuerda que «recogieron la sangre en una lata, la bebieron, le cortaron las dos piernas por debajo de la rodilla y la lengua. Lo metieron todo en una bolsa y se marcharon».

Su abuelo Mabula, que estaba al cuidado de las pequeñas, duerme desde entonces sobre la tumba de la niña, no sólo en señal de duelo, sino para evitar que la tumba sea profanada por otros en busca de los huesos.

Según la ONG canadiense, «Under The Same Sun», al menos hay 170.000 albinos en Tanzania, cuya población es de 38 millones de habitantes.

Muchos de ellos han buscado refugio en los hospitales de la capital, Dar es Salaam, pero la mayorí­a sigue en peligro en las zonas rurales.

A pocos kilómetros de Mwanza, la escuela primaria para ciegos de Mitindo se ha convertido en un raro santuario para los niños albinos.

«Tenemos a 68 niños en este momento, pero el número crece a diario y no estamos preparado para ello», dice el director John Ludomya.

Las autoridades tanzanas condenaron duramente los ataques contra los albinos, pero los asesinatos continúan y la desconfianza de las ví­ctimas es cada vez mayor.

Shaymaa Kwegyr es mujer albina y miembro del parlamento: «Â¿Quiénes son estas personas que pagan millones de chelines (miles de dólares) por una mano albina? No lo entiendo. Son personas, ciertamente, que no tienen miedo del gobierno», asegura a la AFP por teléfono.

Decenas de sospechosos han sido detenidos, pero ninguno de ellos ha contribuido a desmantelar las redes de tráfico.

Josephat Torner, que trabaja para «Under The Same Sun» en Dar es Salaam, apunta que ningún pescador ni ningún buscador de diamantes puede pagar los miles de dólares que se pagan por los órganos de los albinos.

«Sabemos que los informadores pueden recibir 100 dólares por identificar a un albino vulnerable, sabemos que los asesinos cobran miles de dólares, pero desconocemos quién es el consumidor final», reconoce.

Hasta que no se capture a los responsables y se desmantelen las redes de tráfico de órganos, ningún albino de la región se sentirá a salvo.