Vivimos en la jungla


A propósito del atinado comentario firmado por E. Nuvia, residente en California, EE.UU., publicado en la Sección Cartas del Lector del Diario La Hora, el 27 de enero de 2009, quiero sumarme al sentimiento de tantos guatemaltecos porque seguimos sin comprender el porqué pueden ser tan incapaces nuestras autoridades para resolver los problemas que nos afligen. Para muestra, está a mano lo que ha provocado el aumento de motocicletas en nuestro ya de por sí­ atiborrado tránsito. La historia se repite, al igual que con las camionetas urbanas, extraurbanas y el transporte pesado o taxis, ahora son los motoristas los que hacen lo que se les da la real gana. ¿Será imposible evitarlo?

Francisco Cáceres Barrios

El reglamento de tránsito podrá normar que las motocicletas deben contar con diferentes tipos de luces; de silenciador; de placas de circulación; que no podrán movilizarse más de dos personas y en ningún caso podrá situarse a otro viajero en el lugar intermedio entre el conductor y el manubrio; que sus conductores deben cumplir con las normas de conducta y buen comportamiento en la circulación y para el transporte de carga, como en el buen uso de cascos protectores para el conductor y el pasajero pero, está visto que eso y cualquier otra disposición legal les viene del norte. En otras palabras, se suman a la jungla del tránsito guatemalteco urbano y en carreteras. ¿Y qué más da, si vivimos bajo la norma no escrita del más fuerte, aventado, abusivo y desvergonzado?

No pedimos novedosas y actualizadas leyes. Tampoco hablamos de componer de inmediato el deficiente transporte colectivo para corregir las causas del aumento desmedido de vehí­culos automotores, mucho menos, que en término perentorio se modifiquen o modernicen las ví­as de comunicación. No, bien sabemos que no le podemos pedir peras al olmo. Simplemente deseamos que se cumpla la ley, obligar a los motoristas a respetar la luz roja de los semáforos; no circular a altas velocidades provocando accidentes; que todo el mundo lleve su casco porque le puede salvar la vida a su conductor y al pasajero o que estúpidamente (calificativo que le encanta endilgar a nuestro presidente) encaramen a la moto a la mujer embarazada llevando en brazos al bebé recién nacido, al de escasos 6 años, a la quinceañera y al chucho. ¿Exagero? No, hasta hay fotografí­as que prueban su veracidad.

Los chapines hemos llegado al hartazgo por el incumplimiento tradicional de promesas de nuestras autoridades, tales como la ansiada transparencia, honestidad, combate a la impunidad y gozar de una justicia pronta y eficaz, ¿se podrán imaginar entonces, cómo andamos por vivir inmersos todos los dí­as en la jungla del tránsito, sin visos que el Director de Tránsito dé muestras de andar vivito y coleando; que Su Muni deje de incumplir sus deberes, como que los diputados les importe poco la enorme accidentalidad en constante aumento ? ¿Será mucho pedir?