Como chapines que somos hablamos hasta por los codos. No hay momento ni lugar que nos impida criticar el caos vial que aflige a todo aquel conductor de vehículo automotor. Fuera en el lugar de trabajo y hasta en los velorios nos quejamos, lloramos y lamentamos. Pero, ¿qué hacemos para evitarlo, aparte de disculpar la monumental incapacidad de las autoridades responsables de controlarlo, por su pobreza de sólo hacer lo poco que pueden, a pesar de los cuantiosos fondos que perciben?
Cito tan solo unos cuantos ejemplos de lo que vivimos a diario. Salimos de nuestra casa y al llegar a la primera esquina no podemos atravesar la bocacalle, nos lo impiden los conductores con sus vehículos que caminando a vuelta de rueda, uno pegado al otro, son incapaces de pensar o de tener la cortesía de permitir el paso a quienes ningún perjuicio les va a causar. ¡Por fin! La coqueta dama mientras termina de pintarse los labios nos permite pasar de largo tan solo unos metros, porque otra fémina impertérrita e indiferente, sin siquiera encender las luces de advertencia, tranquilamente a media calle espera que sus cuatro nenes terminen de subirse a su vehículo y que «la de adentro» corra a darle la lonchera al olvidadizo. Por fin arranca y bruscamente se pasa el semáforo en rojo, recordando que el marido le ha advertido que esos armatostes puestos en lugares poco visibles solo sirven para fastidiar.
A base de paciencia logramos llegar a la siguiente esquina y en el preciso momento de pasarla, uno de tantos abusivos motoristas haciendo piruetas, imita la gracia de pasarse en rojo y un chofer de camioneta, de esos que tantos impunemente mueren todos los días, hace también el intento de imitarlo. Pasado el susto y después de esperar que tres amarillos buses escolares recojan a media cuadra a sus infantiles pasajeros, podemos continuar nuestro azaroso camino. ¡Zas! Otra atorazón. A todo lo ancho, tres filas de apretados vehículos y a lo largo de tres cuadras, sus conductores hacen sonar sus bocinas, pitos o tarareados chiflidos para avisarle al primero de la cola que lleva tiempo de estar encendida la luz verde del mencionado armatoste. Al final de las cansadas podemos caminar, solo para percatarnos que la trabazón se debía a que dos agentes de chaleco color aguacate eran los causantes.
Increíble, después de tantas peripecias y mentadas de parentela llegamos a nuestro destino, sanos y salvos, no sin antes haber gastado un montón de pisto en combustible, haber provocado gran cantidad de fluidos biliares y a punto de shucaque nervioso, circulatorio o cerebral. Otra vez listos para quejarnos, lamentar y hasta lloriquear sin que los responsables del caos vial en que vivimos puedan usar su inteligencia o los recursos para beneficio de una sociedad que pide a gritos: ¡Por favor hagan algo!