Tanto lo frágil como lo vulnerable, son adjetivos, es decir expresan cualidades transitorias. El primero se refiere a la facilidad con que puede deteriorarse la «cosa» a las que nos referimos como frágil. En tanto lo vulnerable es aquello que puede ser herido física o moralmente. Vemos con preocupación cómo el Estado de Guatemala transita en un deterioro que se acentúa persistentemente y éste (el deterioro) ha causado, está causando y parece seguirá causando una profunda herida social en lo físico y moral (este último, entendido en su más extensa acepción, pues implica esa percepción de indefensión, de impunidad creciente y peor aún de autoridad y de Estado ausentes).
Los componentes frágiles del Estado de Guatemala son variados, son complejos, la mayoría heredados de la condición autoritaria y del continuado desprecio a la vida. Ha trascendido, por ejemplo, que los jueces no desean ser tomados en cuenta para constituir los tribunales de alto impacto. Las razones expresadas comprenden la acentuada inseguridad. Terrible que la justicia no encuentre en el Estado la fuerza coercitiva para imponer los criterios judiciales al juzgar la comisión de delitos. La impunidad entonces encuentra una ruta totalmente allanada para enseñorearse.
Las demandas crecientes y reiteradas de apoyo por alcanzar oportunidades que posibiliten el incremento de la productividad en el campo y con ello superar las actuales condiciones de precariedad de la mayoría de la población que vive (y padece) en las limitaciones propias de la ruralidad de nuestro país, es otro componente que acentúa un deterioro, pues las opciones no son viables en el corto o inmediato plazo. La represa que detiene las presiones campesinas e indígenas tiende a debilitarse y ello se enmarca en la ausencia de condiciones de equilibrio y gobernabilidad.
Al cuadro anterior se suma el tiempo empleado en acciones dilatorias que han ocurrido la semana anterior en el Congreso de la República. De hecho los movimientos se produjeron desde el propio 14 de enero al inicio del período ordinario de sesiones del Organismo Legislativo. Una semana en la que privaron las presiones y las luchas de los que hasta hace poco más de un año eran aliados. La interpelación o indagatoria parlamentaria, se transformó con la cita en «cadena» de dos ministros y la única ministra del Gabinete, en el obstáculo mediante el cual, para salir adelante, se ha debido aceptar acuerdos que de otra manera parece resultarían imposibles de arribar.
Así las cosas, el Ejecutivo depende en gran medida del Congreso. De hecho desde el propio financiamiento del Presupuesto para el actual Ejercicio Fiscal, así como otro tipo de normas, son en efecto valladares que constitucionalmente, los únicos que le pueden desentrampar son los propios diputados. Aumentar la confrontación no haría otra cosa que hacer más inclinada la pendiente de los acuerdos entre ambos organismos. E ir cuesta arriba es ya de por sí arto complejo.
Estas escaramuzas «políticas» han hecho palidecer la pusilánime actitud de los magistrados de la que aún sigue denominándose Corte Suprema de Justicia. El otro Organismo del Estado que no logra elegir al último presidente de esta actual magistratura. Ya la «barra» de profesionales del derecho se apresta a impulsar sus propios arreglos para la integración de la Junta Directiva del Colegio e incidir en la Comisión de Postulación que habrá de conformar las respectivas nóminas y concretar la salida de los actúales el 13 de octubre próximo.
Y todo el espectro anterior, con sus variopintas peculiaridades, no hacen sino aumentar la sensación de indefensión y desamparo colectivo. La caracterización del Estado de Guatemala, aunque no se desee reconocer, atraviesa por un momento crítico, cuya vulnerabilidad va en aumento y pareciera que al túnel de las incomprensiones, debilidades y ausencia de medios de persuasión a través del diálogo, no se le encontrará la salida por parte alguna en lo inmediato. Ojalá y la característica de transitorio de los adjetivos empleados, transcurra con rapidez. El desasosiego generalizado no es buen consejero. El equilibrio alcanzado la noche de ayer es como el deambular «al filo de la navaja».