– BUSES. El reflejo desordenado de la sociedad cabe muy bien en una humeante y ruidosa camioneta. En sus asientos se dan cita historias comunes, reiterantes y cotidianas del guatemalteco promedio. Desde lo heroico que se convierte en conseguir, en horas pico, un espacio en sus butacas mutiladas, hasta enfrentar el malhumor del piloto y su par de brochas. No falta quien hace alarde de sus manifestaciones gástricas o aquel que con codo desenfudado repele los acercamientos poco ortodoxos en las dobles filas de pie. Es simpático, claro, cuando el humor mañanero lo permite, viajar durante dos horas ahogado entre esas carrocerías. El estrés no lo quita ni un libro de Sudoku. Además, ahora se le ha agregado un ingrediente surrealista y es que los bolsillos del pantalón siempre va distribuido el dinero que le entregaría a aquél delincuente que cotidianamente sube a conseguir su cuota diaria, mientras se observan todos los rostros para encontrar algún sospechoso que en cualquier momento se levante, pistola en mano, para distorsionar el día de los usuarios. De cualquier forma siempre habrá disparo, ya sea porque el asaltante se ponga nervioso y se le suelte un tiro o haya uno de esos «héroes» que repela el atraco. De todos modos, el autobús terminará con una mancha de sangre.
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– CARRETERAS. Siempre me dijeron que el que madruga, tiene ayuda divina. Pero nadie me dijo que había que madrugar tanto. Ya casi pasa un mes del 2009 y el caos se apoderó de las carreteras, y probablemente no sea solo por la falta de previsión de quien se encarga de recapear las carreteras (sólo a ellos se les ocurre hacer trabajos en vías caóticas en un tiempo caótico), tenga también un ingrediente más, y eso según los flamantes policías de Tránsito, y sea que el parque vehicular se incrementó porque los guatemaltecos se apretaron los pantalones para reunir el dinero suficiente para un charnelito y no arriesgarse a viajar en transporte público. Lo cierto del caso es que las carreteras se han vuelto escenarios de un descontrol vial. Para intentar llegar a las ocho a cualquier trabajo en la metrópoli, cuando se vive en las laderas de la capital hay que invertir, al menos, dos horas y media de viaje. Quizá diga aquél ingenioso que ese tiempo sirve para reflexionar sobre la vida y el futuro. Yo creo que es un tiempo para que la catarsis florezca con interjecciones impronunciables y con dedicatorias especiales.
– SEGURIDAD. Aquí también tiene que ver algo de buses. Genera un poco de desazón como ciudadano contemplar las decisiones urgentes que toman las autoridades cuando se les escapa de las manos algún tema específico. Por ejemplo, todos los responsables de la seguridad montan a soldados a las camionetas para escoltar a los pilotos días después de algún crimen. Yo no sé si los choferes se sentirán seguros con el roce de un fusil militar en la espalda, o si los usuarios tendrán comodidad de viajar junto a estas armas dispuestas a escupir plomo en cualquier momento. Yo no.