Desde la redacción
Siempre el Congreso. Sin necesidad de un estudio científico, pensando más en un mero ejercicio de observación se concluiría que una de las instituciones del país que menos credibilidad tiene es el Congreso. Y no sólo credibilidad, carece también de prestigio y confianza entre la población. Parecería entonces una especie de mala broma insistir en llamar dignatarios a quienes integran ese tan importante Organismo.
Este año de trabajo, que en ese edificio arrancó oficialmente el 14 de enero estrenando nueva administración, no ha iniciado con el pie derecho. Alguien dijo que el sistema no es el malo, sino quienes lo integran. Y si partimos de esa idea, el ejercicio del poder en las instituciones públicas fluiría de manera óptima. Por ejemplo, en la distribución de las comisiones de trabajo no tendría que significar mayo complicación; para esta semana, por ejemplo, bien se podrían haber conocido quiénes presidirían las distintas salas legislativas y comenzar a trabajar en las iniciativas que albergan cada una.
Pero los diputados en Guatemala han demostrado algo, y es que por cualquier cosa se echan a pelear, porque además de «representar» la voluntad del pueblo hay muchas influencias a las que tienen que defender a capa y espada. Y es en las comisiones legislativas donde pueden ganar una cuota de poder y desenfundar la espada ante cualquier iniciativa que atente contra su pedacito de pastel.
La dinámica de negociaciones, muchas de ellas hechas tras bastidores, han dejado como ejemplo en Guatemala que en cada espacio importante se deben colocar piezas que peleen por garantizarse la ejecución de proyectos de beneficio colectivo y personal. El Presidente, por ejemplo, mete las manos cada cuando puede para manifestar su interés en cuanto a los hilos que tiene en el control de las decisiones de sus diputados y lo que puede lograr en la oposición.
No por nada esta semana, se detuvo por una pugna entre bancadas generada por la injerencia del mandatario ílvaro Colom para consolidar fuerza en el Congreso. El mismo Colom aceptó durante la inauguración de la apertura de fronteras con El Salvador, que se había reunido con los diputados, aunque no detalló sus intenciones con la misma.
Las codiciadas comisiones legislativas, que para muchos pasan desapercibidas, son nichos perfectos para fraguar sus negocios paralelos a la mera actividad para la que fueron electos. Claro, como ellos no tienen fiscalizador a quién rendirle cuentas, aunque salgan con su persistente estribillo de «trabajamos por los guatemaltecos y guatemaltecas».
De esa manera, todo apunta a que la voluntad del pueblo es algo que parece no existir en las instalaciones del Congreso. Pero, también es de reconocer que ese pueblo, que esa dinámica empresarial a la que está sometida nuestra sociedad, tendría que fungir como una especie de patrón y exigir cuentas a quienes le depositaron su confianza través del voto.
Son escasas las manifestaciones multitudinarias, a pesar que exista esa percepción generalizada sobre la actividad legislativa. Al no tener esa presión popular, simplemente los diputados continúan haciendo lo que quieren.
POR REDACCIí“N LA HORA
lahora@lahora.com.gt