Vida y música de W. A. Mozart III


Mozart: el hombre Continuamos con este grande de la música universal W.F. Mozart y con especial dedicatoria a Casiopea, esposa de lucero, que en su alma de puntillas todo el vibrar sonoro de los mares ancestrales y en sus calles de lirio se desliza mis alas grises.

Celso Lara

El arzobispo Colloredo llevó su rigidez hasta extremos insostenibles. Mozart, hastiado de tanta absurda ceremonia, adivinó en Viena la existencia de un mejor futuro para su carrera y, acompañado de su padre, volvió a la capital austriaca. Tampoco allí­ logró ordenar sus ideas, aunque la influencia de la música de Haydn repercutió favorablemente en sus obras y compone varios cuartetos y fugas. A los dieciocho años, Wolfgang conoce unos meses de febril actividad, gracias en parte al cambio de domicilio llevado a cabo por su familia; el nuevo hogar es más espacioso y tranquilo y Mozart puede, merced a ello, terminar cuatro sinfoní­as, conciertos para diversos instrumentos, una misa, sonatas y algunos quintetos.

En menos de tres meses compuso La jardinera fingida, una ópera que le encargan desde Múnich y a cuyo estreno acudió, siempre con su padre como acompañante, en enero de 1775. La capital bávara se entusiasmó con la obra, y Mozart recibió los parabienes de la familia real. La producción del joven austriaco sigue aumentando sin descanso: sonatas, misas, cuartetos; todos estos, se suceden con rapidez increí­ble. Así­ transcurren los siguientes dos años.

Mozart, talvez para olvidar los constantes desaires del arzobispo Colloredo, dedica sus esfuerzos a componer sin tregua, hasta contar, recién cumplidos los 21 años, con más de trescientas obras en su haber. Las relaciones con el arzobispo se vuelven más tensas cada dí­a, y en 1777 Mozart solicitó su cese a Colloredo. El joven quiso viajar de nuevo; la atmósfera de Salzburgo le agobiaba y esperó que su padre consiguiera también la correspondiente licencia.

El arzobispo, dando muestra, una vez más, de su intransigencia, deniega el permiso para Leopoldo, aunque concede la libertad a Wolfgang. En septiembre del mismo año, acompañado por su madre, Mozart emprendió viaje hacia Alemania.

Esperanzas y desengaños

Los Mozart llegaron a Múnich, donde Wolfgang solicitó un puesto como músico en la Corte del Prí­ncipe Elector, cargo que no se le concedió.

En Augsburgo organizó varios conciertos y conoce a su prima, Ana Tecla, por la que se siente atraí­do. Hasta este momento, Mozart no es un hombre que destaque precisamente por sus enamoramientos y escarceos amorosos. En Salzburgo, tiempo atrás, conoció a Bárbara Molk, hija del canciller, con quien le habí­a unido una relación juvenil que no pasó de platónica. Si exceptuamos este caso y la admiración que sintió por la pianista Jeunehomme, a quien dedicarí­a el Concierto para piano K.271, obtendremos una justa imagen de sus contactos con amistades femeninas. Mannheim es la siguiente ciudad que visitó Mozart.

También como en Múnich, el compositor intentó encontrar trabajo en la Corte, cosa que no consiguió. Permaneció varios meses en esta ciudad y conoció a varios músicos de la capilla de la Corte. Mozart compone una sonata para la hija de uno de ellos, Rosina Cannabich, de 13 años. Como muestra de la simplicidad de espí­ritu de Wolfgang, se sabe que durante su estancia en Mannheim sufrió un súbito rapto amoroso por Eloí­sa Weber, hija de Fridolin Weber, tí­o del compositor Carlos Marí­a von Weber.

La muchacha, de apenas 16 años, estudia canto y tiene pretensiones artí­sticas. Mozart le propone ser su mecenas en el mundo del arte y juntos forjan no pocos proyectos, a cual más descabellado. Leopoldo en Salzburgo, se entera de todo por obra de su esposa y escribe ordenando la partida inmediata de su hijo hacia Parí­s, al tiempo que recrimina su conducta. De mala gana, pero obedeciendo a su progenitor, Mozart viajó con su madre hasta la capital de Francia, donde entró en contacto con algunos de los antiguos amigos de la familia, como el poeta Melchor Grimm.

Compuso algunas obras, conciertos en su mayorí­a. Logra comprender muy pronto que los gustos parisinos no van con su manera de ser. A los pocos dí­as de su llegada a Parí­s surgió la desgracia: su madre fallece súbitamente debido a una fiebre tifoidea. Es lógico imaginar el desamparo de Mozart en aquellos momentos, pues se encuentra solo, en un paí­s que desconoce y sin trabajo fijo. En agosto recibe carta de su padre, quien le dice que ha conseguido para Mozart un cargo de organista de la Corte, en el mismo Salzburgo. Wolfgang abandona Parí­s y, camino de su ciudad descubre que Eloí­sa Weber le ha olvidado definitivamente. El 15 de enero de 1779, Mozart regresó a Salzburgo, junto a su familia.XX