Desde aquellas primeras clases en la antigua Facultad de Derecho de la Usac allí, sobre la 9a. avenida, frente al Congreso, mis catedráticos me inculcaron como un axioma jurídico que aún hoy respeto, lo que incluso después, como profesor de la URL decía a mis alumnos: que el fin primordial del derecho es el buscar que se realice la justicia.
Pero de manera sencilla debemos entender que el derecho tiene numerosas concepciones y direcciones; sin embargo, para el caso presente únicamente me refiero a dos: una, que se refiere al conjunto de leyes que norman y regulan a las personas para que puedan actuar en sociedad, y la segunda, la que se refiere propiamente a los derechos propios de cada ser humano, incluso, antes de nacer.
En ambos casos, con tristeza y decepción, creo que en Guatemala y en muchos países del mundo, el derecho, concebido y/o conceptualizado en estas dos formas primarias pero absolutamente fundamentales, se encuentra padeciendo una lenta y cruel agonía que lo tiene prácticamente a las puertas de su extinción, no como obra de la casualidad, sino como obra del propio ser humano que ha caído en el pantano de una cultura «globalizada» de antivalores.
Mis ojos pueden observar lo que ocurre en el mundo, pero mi corazón sólo me permite ver a Guatemala y he aquí que hago algunas reflexiones para mostrar lo que afirmo y que se refiere no sólo a Derechos FUNDAMENTALES, sino incluso aquellos que hasta hace poco eran parte de la costumbre basada en el respeto a los demás como los derechos del peatón, del discapacitado, del automovilista, de las personas ancianas o los niños, que aunque de alguna manera se escriban en normas, no son efectivas en la realidad.
Se dice casuísticamente casi como una repetición incesante, pero no por ello menos cierta, que el más sagrado de los derechos es el derecho a la vida: sin embargo éste fue el primero que murió de manera intempestiva debido a varios factores importantes: el primero, que nos hemos vuelto insensibles ante la muerte y así vemos con indiferencia al pequeño que muere de desnutrición en alguna lejana aldea del nororiente, o a la mujer o el anciano o el joven que fue asesinado en cualquier calle, a cualquier hora y en cualquier lugar ya sea por robarle un celular o por vengarse de algún supuesto agravio (como no pagar extorsión); el segundo, que por acción u omisión nos hemos convertido en cómplices al ignorar la necesidad o la angustia de los otros; el tercero, que el crimen -¿organizado o desorganizado?- ha sobrepasado la propia capacidad del Estado para enfrentarlo y nos ha metido en un agujero de miedo del cual nos va a costar mucho salir; el cuarto, que hemos perdido la confianza en el sistema de justicia porque observamos policías y fiscales negligentes y corruptos y lo peor, a jueces que están disponibles al mejor postor y algunos, con una venda de impunidad cínica que permite dejar «libres» por falta de «pruebas» a gente que son reconocidos desde cualquier sitio como culpables, abusando, diría yo, del principio legal de que toda persona es inocente hasta que no se demuestre su culpabilidad, como si el juez imperfecto que «juzga» tuviese el don divino de ver ángeles donde sólo hay demonios y el quinto, para no profundizar más, es que dejamos de creer en los órganos y funcionarios superiores que se supone tienen la tarea de «impartir justicia pronta y cumplida» y observamos atónitos cómo los criminales están libres y cómo quienes los dejaron en libertad son protegidos y «cuidados» por magistrados y cortes mediocres que saben pagar favores o protegerse con la misma chamarra.
Pero el problema es aún mayor cuando observamos que desde donde se hacen las leyes, hasta quienes tienen la obligación de aplicarlas prostituyen el derecho en aras de intereses ajenos a la justicia, en tanto la corrupción, el latrocinio y la desvergí¼enza crecen y se multiplican como un cáncer que nos está matando, al igual que las desigualdades que aumentan y la falta de líderes, como el presidente, que en lugar de insultar a sus críticos, debe de tomar lo bueno de esos señalamientos y, prudentemente, desechar lo malo, guardando la serenidad que su posición merece.
Y es que si el derecho, en su conjunto normativo está muriéndose, el Estado también y nosotros, como parte de éste, no estamos de rodillas como dicen, sino simplemente también abandonamos la vida gracias al miedo a la muerte que no sólo la provoca el asesino, sino aquellos que no hacen nada para evitarla.
OBAMA. Estos días, desde antes del 20 de enero, los medios de comunicación de todo el mundo, con justa razón, se refirieron a la toma de posesión como 44 Presidente de los Estados Unidos de Barack Obama, un nombre que ya pasó a la historia. El 6 de noviembre del año pasado en mi columna dedicada a él la terminaba diciendo: «La llegada de Barack Obama es una parte de la historia contemporánea y para muchos de nosotros, la sola salida de George Bush es puritita ganancia»… Por ello, ahora, ya no me refiero a un tema casi obligado.