Incisos judeo-israelí­es (en el contexto del holocausto palestino)


La más globalizada babel étnica. No todo judí­o es semita ni israelí­ ni, por fortuna, sionista.

René Leiva

Israel es un Goliat tentacular con miembros en Nueva York y Washington, la CIA, el Pentágono y el Departamento de Estado; en Buenos Aires y Londres, Berlí­n y Praga, Parí­s y Varsovia, Pretoria y Canberra…

Los colonos israelí­es (invasores), provenientes de todo el mundo, con su polí­tica de usurpación apoyada por tanques, helicópteros y tractores, son una infamante llaga a lo largo de una Palestina sin palestinos.

Gracias a su excepcional astucia, capacidad de mimetismo, adaptación, adopción de costumbres, histrionismo y mestizaje, el judí­o ha destacado en todos los órdenes de las actividades creativas-productivas. No únicamente la usura y el agiotaje. Desde las ciencias y el arte hasta la industria armamentista, todos los medios de comunicación, la carrera espacial o la cibernética, pasando por los más abyectos modos de perversión y explotación humana. No existe judí­o pobre.

El terrorismo, por supuesto, no es un invento palestino, ni árabe (leed el Antiguo Testamento.) El Mossad sí­ que es una organización sionista-terrorista, maestra de la CIA y de otras agencias estatales-criminales a lo largo del mundo.

El Estado de Israel goza de una partida especí­fica, fija, en miles de millones de dólares, dentro del presupuesto federal de los Estados Unidos de América, otro paí­s imperial que, en buena medida, ha sido colonia judí­a casi desde su independencia.

Hay judí­os ateos, agnósticos, moderados y ultraortodoxos, pero todos sin excepción adoradores del Becerro de Oro.

Hamas no brotó por generación espontánea. Es producto desesperado del despojo, la discriminación, la prepotencia, la humillación… a lo largo de seis décadas por una potencia económica, militar y nuclear de primer orden, en su propio territorio ancestral.

El judí­o, donde quiera se encuentre, es un ciudadano de primera clase, intocable, privilegiado en todos sentidos, presto a enarbolar las banderas del antisemitismo y del holocausto como maneras seguras de chantaje y de coacción históricos para disfrazar, justificar o menguar sus propios desmanes.

Nunca, ningún pueblo como el palestino (ni siquiera el pueblo maya ante el Estado terrorista guatemalteco), se habí­a enfrentado en su propio suelo a un enemigo mortal tan formidable y excesivo, diseminado por todo el orbe, dueño virtual del gran capital y de vastos medios de producción, mediatizador de las Naciones Unidas y de cortes internacionales.

Y muchas sectas, ignorantes, anacrónicas y alienadas, todaví­a creen que Israel, el Estado–narcisista, es el «pueblo elegido».