La amistad


Una de las causas de la posible crisis que vive la humanidad quizá consista en la falta de amigos. Los seres humanos estamos solos: sin padres ni hermanos, sin maestros, sin pareja y, al final, sin amigos. Una vida así­ desmerece. Por eso no dejan de tener razón quienes se refugian en las drogas y buscan fórmulas escapatorias a la vida triste. ¿Podremos sobrevivir los hombres en un mundo así­? ¿Existe alguien o algo que pueda salvarnos? Yo le apuesto a la amistad.

Eduardo Blandón

Los pensadores han sido prolijos en cuanto a expresiones laudatorias en este tema. Con frecuencia nos dicen, por ejemplo, que un amigo es lo mejor que nos pueda suceder. Cicerón y los pensadores de la antigí¼edad no lo dudan y escriben que un amigo no desea nunca hacer algo que no sea en sí­ moral, noble y virtuoso. Con un amigo estamos seguros en virtud del bien que quiere para nosotros. Se trata de un «amor de benevolencia» que no busca nada para sí­, según el testimonio del propio San Agustí­n.

Aristóteles pensaba que un buen amigo hace emerger lo mejor de nosotros. Es el que de manera desinteresada, sin esperar nada, se goza dándose a sí­ mismo. Esto demuestra que la amistad no puede ser un negocio de cálculo ni se limita a ser solamente una forma de afecto o de pasión, «sino es una virtud, o sea una disposición estable y, por lo tanto, ligada a la duración y la fidelidad».

Los amigos en el sentido aristotélico se ofrecen recí­procos beneficios. En palabras del mismo filósofo: «Es propio del amigo hacer el bien antes que recibirlo, (…) es propio del hombre bueno y de la virtud el beneficiar». De hecho, una de las razones para tener amigos, según Aristóteles, es tener personas a quienes hacer el bien. Por esta razón incluso los hombres perfectamente felices tienen necesidad de amigos, ya que sin ellos estamos incompletos. Nada raro entonces que se defina la amistad como «cosa necesarí­sima para la vida. De hecho, ninguno elegirí­a vivir sin amigos, aunque tuviera todos los otros bienes».

El pensador oriental Kahlil Gibran tiene palabras que indican también las bondades de la amistad. Hay que tener amigos, pero hay que hacerlos, es necesario esforzarse, buscarlos, «ser amigo». Por esto sugiere: «Haced que lo mejor de vosotros sea para vuestro amigo. Si él ha de conocer el menguante de vuestra marea, que conozca también su creciente». Un amigo no es sólo para desahogar las penas y llorar, sino para compartir el bien y la felicidad.

Los creyentes tienen en la Biblia historias que testimonian el significado de la amistad, hay que recordar por ejemplo la experiencia de Jonathan y David, pero también la de Ruth y Nohemí­. El libro de Ruth recoge palabras expresivas del coraje de la amistad cuando Ruth le dice a su amiga: «No insistas en que te abandone y me vuelva, porque yo iré adonde tú vayas y viviré donde tú vivas. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Moriré donde tú mueras y allí­ seré enterrada. Que el Señor me castigue más de lo debido, si logra separarme de ti algo que no sea la muerte». Menudo testimonio de la fidelidad a un amigo.

El libro del Eclesiástico que se caracteriza por ser un libro de consejos y mucha sabidurí­a nos invita a ser inteligentes en la escogencia de las amistades. «Si ganas un amigo, gánalo en la prueba, y no le des confianza demasiado pronto. Porque hay amigos ocasionales, que dejan de serlo en el dí­a de aflicción. Hay amigos que se vuelven enemigos, y para avergonzarte, revelan el motivo de la disputa. Hay amigos que comparten tu mesa y dejan de serlo en el dí­a de la aflicción. Mientras te vaya bien, serán como tú mismo y hablarán abiertamente con tus servidores; pero si te va mal, se pondrán contra ti y se esconderán de tu vista».

Jesús mismo valoró también la amistad. Por eso lloró frente a la tumba de Lázaro, compartió la felicidad con Marta y Marí­a y quiso llamarles a sus apóstoles «amigos». ¿No será prueba suficiente de que urge tener amigos? Salgamos de nuestro encierro y démonos la oportunidad de ser diferentes. En poco tiempo cambiarí­amos Guatemala.