Cita de destinos trastornados


El paso de Rafah, entre Egipto y la Franja de Gaza, se ha convertido en una encrucijada de destinos trastornados por la guerra: se encuentran allí­ refugiados civiles, médicos extranjeros deseosos de ayudar a la ví­ctimas y ambulancias que evacuan heridos o traen muertos.


Esta terminal –un enorme complejo administrado por Egipto y protegido por altas rejas– desempeña un papel estratégico, ya que es el único lugar de acceso al territorio palestino que no es controlado por Israel.

«Me parece increí­ble estar aquí­», dice Faiza, una argelina de 37 años, al franquear los pórticos de seguridad de la terminal.

Durante los diez últimos años, desde que contrajo matrimonio con un palestino, jamás habí­a salido de la Franja de Gaza.

Habla lentamente, en un francés dubitativo. Dice estar «traumatizada» después de tres semanas de ofensiva israelí­, y piensa pedir una consulta con un psicólogo para ella y sus hijos.

«Mi hija de cuatro años se esconde bajo la mesa cuando escucha un avión, y mi hijo de seis comenzó nuevamente a hacer pipí­ en su pantalón, porque tiene miedo de ir al baño», dice. «Yo ya no duermo por las noches», agrega.

«La guerra en Gaza transforma a los seres humanos en animales», exclama.

Este conflicto condujo a Abdulá Kullab, un palestino de unos 50 años, a tomar el camino inverso para reunirse con sus siete hijos, que duermen en una escuela de la ONU de Jan Yunes, en el centro del territorio palestino, desde que su casa fue parcialmente destruida en un ataque aéreo israelí­.

Este «militante pacifista» no habí­a regresado desde marzo de 2006 y su partida al exilio en Suecia, un mes después de la victoria electoral del Hamas.

«No tengo miedo, quiero ver a mis hijos», sostiene al subir a un autobús que debe conducirlo a través de la tierra de nadie de la frontera.

Omar al Tawil, un palestino-sueco, se encontraba bloqueado desde fines de diciembre por la guerra, dos meses después de regresar a Gaza para casarse con una palestina. Su esposa, que gracias a este matrimonio tiene ahora la ciudadaní­a sueca, insiste en que abrevie la conversación con los periodistas para entrar lo más rápidamente posible en Egipto.

En el camino se cruzan con unos 20 médicos jordanos, enviados por su paí­s para ayudar en los hospitales de Gaza.

El Dr. Alaa Saadi, un cirujano, dice que ignora el nombre del establecimiento donde trabajará. «Sólo quiero ayudar a los palestinos. Ellos necesitan de todas las especialidades en materia de cirugí­a», explica.

Por uno de los estacionamientos de la terminal también pasan los heridos evacuados luego de haber recibido los primeros cuidados médicos en Gaza. Decenas de ambulancias color naranja de la Media Luna Roja están listas para dar media vuelta, con las sirenas encendidas, en dirección a los hospitales de El Cairo o de Al Arich, la primera gran ciudad egipcia después de la frontera.

Otros más discretos llevan los cadáveres de los palestinos que no pudieron ser salvados y que serán enterrados en la franja de Gaza.

Unas 12 ambulancias blancas con matrí­culas temporales estacionadas en las cercaní­as esperan ser conducidas en la franja de Gaza. Han sido adquiridas por una gran red egipcia de televisión, luego de un pedido de donaciones lanzado a los telespectadores.

En otro estacionamiento, obreros transbordan de un camión a otro toneladas de ayuda médica y humanitaria procedentes del mundo entero. En el exterior, largas filas de camiones ponen en evidencia la solidaridad internacional, y sobre todo árabe.