Mañana será el acto de los actos: la toma de posesión del nuevo Presidente de los Estados Unidos de América, Barack Obama. Mucho se ha escrito al respecto y dada la envergadura de las circunstancias, dudo que se deje de verter menos tinta que hasta ahora. En lo que a mí respecta, considero que hay dos razones para celebrar y un acto de toma de conciencia para no pecar de optimistas de poca monta.
Respecto a lo primero, creo que no sólo los norteamericanos deberían sentir júbilo por la salida del hasta mañana presidente George Bush, sino el planeta entero. Bush ha encarnado la figura de gendarme mundial y no ha hecho sino imponerse de manera grosera, ilegal e inhumana por todas partes. Su antipatía y la poca habilidad con que ha manejado la cosa pública -incluso en su país- lo han catapultado como uno de los peores presidentes de la Unión Americana. Por todo, la salida del presidente republicano es lo mejor que le pueda pasar a la humanidad que se sentía amenazada por un gobernante con criterios imperialistas.
Un segundo motivo de alegría lo constituye la llegada a la Presidencia de los Estados Unidos de un ciudadano perteneciente a un grupo tradicionalmente excluido de la sociedad de ese país. El regocijo tiene que ver no con el estreno de un Presidente distinto, otro más, sino con el triunfo de la tolerancia y la derrota de los prejuicios. Con Obama ganamos todos, el mundo en general. Es un paso hacia la «civilización» y una especie de progreso humano en un escenario en donde tradicionalmente ha triunfado el desprecio y el racismo. Por esto no me parece exageradas las expresiones que indican que «inauguramos una nueva era» con el triunfo de Obama.
Pero, si es cierto que hay motivos de contento, no debemos exagerar las cosas. Muchos albergan en su corazón, por ejemplo, la ilusión de un giro de proporciones para bien de América Latina y Guatemala. Se escriben cosas excesivas como que los Estados Unidos darán un trato diferente y mejor al realizado por Bush, que dejarán los intereses propios para convertirse en una especie de Madre Teresa ya no de Calcuta, sino norteamericana. No, no debemos pecar de optimismo ni albergar falsos idealismos que nos haga parecer cándidos e ingenuos.
A mi modo de ver, la política norteamericana para América Latina no variará mucho con la llegada de Obama. Seguiremos siendo el patio trasero de los gringos y nos tratarán (me refiero a sus políticos) con el mismo baremo de sus propios intereses. No hay tales actos de benevolencia al mejor estilo de la monja que sirvió en la India, aquí el trato tiene que ver, como siempre, según las conveniencias. Aceptar los hechos es bueno y contribuye a llevarnos a un sano realismo.
Si reconocemos que estamos de algún modo solos, podemos empeñarnos con más pasión en transformar la realidad con nuestras propias fuerzas. Dejemos de esperar al Mesías del norte y mejor pongámonos a trabajar.