Gracias


Durante varios años La Hora me cobijó en sus páginas, cada semana me dio la oportunidad de llegar a sus lectores, pero hoy llegó el momento de emprender la retirada, de despedirme. Este año iniciaré otra etapa de mi vida, enfrentaré nuevos desafí­os lejos de aquí­ y he debido comprender que no podré dedicarle a esta columna semanal todo el tiempo que la calidad del artí­culo se merece. Siempre pensé que el columnista, si se me puede catalogar como tal, debe trasladar hacia los lectores sus más objetivos pensamientos y percepciones, captar los ajetreos sociales que a diferencia de la geologí­a, se producen en las capas más superficiales. Aunque una columna también puede representar ese impreciso sismógrafo que advierte de mayores sacudidas, es decir, advertir las nuevas y malas que se vislumbran en el panorama. Como aquél que anuncia el aguacero o la tranquilidad en el horizonte, por eso es que escribir también llega a constituirse en un acto falible y cientí­fico, porque los pensamientos trasladados están hechos a base de observar las nubes y ver hacia donde sopla el viento. Sé que en el caso nuestro cuando se anuncia la retirada, aunque sea temporal, a algunos les provoca alivio y a otros quizá algo de tristeza, pero en la vida hay momentos para todo, incluso para las despedidas.

Guillermo Wilhelm

Las sensaciones que estos años de colaboración con La Hora me han brindado, puedo considerarlas como enormemente positivas, solo comparables a esa libertad absoluta que el pájaro en pleno vuelo puede sentir, ya que siempre tuve libertad en todo, en escoger los temas sin padecer censura alguna. En todo momento, desde el primero hasta este último artí­culo, toda relación ha transcurrido con una profesionalidad y un respeto que merecen toda mi admiración y agradecimiento, porque no es sencillo trabajar con alguien como yo, eso lo sabe Vicky, la secretaria de nuestro Director, quien me tuvo una gran paciencia sobre todo en aquellos momentos en que fui desorganizado y hasta caótico por la «puntualidad» de mis entregas.

Al despedirme también deseo hacer patente mi gratitud a los lectores, a los que coincidieron y discreparon con mis opiniones. Creo que de eso se trata el escribir, generar opiniones y puntos de vista hasta alcanzar el sano y abierto debate. Nunca me sentí­ dueño de la verdad, sino que escribí­ buscándola a partir de mis afirmaciones, por lo que pensaba, pero sobre todo por lo que he leí­do. Quizá me marcho en el momento más inoportuno, momentos en que un Presidente vitupera e insulta al columnista, en que se intimida la fiscalización que uno de los mejores diputados de la historia realiza en el Congreso. Nineth, gran mujer y orgullo de nuestro parlamento, algún dí­a la historia le reconocerá su causa. Por ese tipo de acontecimientos y otras razones quisiera poder evitar partir, pero mi responsabilidad como padre de familia en estos momentos se proyecta en dirección opuesta a mis pasiones e inquietudes. Y es el momento para dar las gracias, porque ha sido un ejercicio interesante y sobre todo educativo, porque he tenido un enriquecimiento personal por haber aprendido tanto, mi sincero agradecimiento de nuevo a todos los que alguna vez emplearon su tiempo en leer a este humilde artesano de las letras, a quienes expreso un deseo inconfesable de que este no sea el último artí­culo sino un hasta luego, y gracias a La Hora por haber hecho suyos los principios que inmortalizaron a Voltaire, cuando afirmó que, «no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a expresarlo».