Israel, Palestina y Gaza (III)


Luis Fernández Molina

Una tierra mayoritariamente árida depende totalmente de las pocas lloviznas que caen en el año y cuando éstas se ausentan se provocan estragos, pérdida de cosechas, muerte de animales y como consecuencia de ello la terrible hambruna. Azotada nuevamente por la sequí­a los pobladores hebreos de Canaán se dirigieron hacia el sur, donde la tierra, también arenosa, no depende tanto de las gotas de lluvia como del generoso rí­o Nilo. José pudo interpretar el famoso sueño del faraón de las siete vacas gordas y las siete flacas y por eso se encumbró en el gabinete real; en esa posición pudo llamar a sus padres y hermanos y con ellos al entonces pequeño pueblo israelita. Inicialmente bien acogidos se asentaron en el delta y las riberas del Nilo y en esa pródiga tierra continuaron creciendo y multiplicándose. Cuando el número fue mayor los nativos egipcios los empezaron a ver con recelo, desconfianza (riesgo militar, de ahí­ la orden de lanzar al Nilo a los recién nacidos); luego los rechazaron y finalmente los obligaron a trabajos forzosos. Son muchas las imágenes, relieves, dibujos, tablillas de arcilla donde aparecen los hebreos trabajando en la fabricación de ladrillos, adobes. Trabajaron como esclavos en la construcción de edificios –no son correctas las representaciones de hebreos ayudando en el levantamiento de las pirámides clásicas (Keops, Kefrén y Micerino) pues éstas para entonces ya eran «monumentos muy antiguos»–. La servidumbre egipcia se hací­a cada vez más agobiante, por otra parte estaban conscientes que debí­an regresar a la tierra que Dios les habí­a designado por medio de la promesa a Abraham. La inconformidad estaba latente, el escenario preparado, sólo faltaba el protagonista. Irónicamente ese protagonista surgió de las filas egipcias. Pasada su adolescencia Moisés era un joven de cultura egipcia (aunque tuvo algunos educadores hebreos), más aun, era de la familia real. El relato se inicia con la desgarradora decisión de los padres del recién nacido que, desobedeciendo la orden de ahogar a todo niño hebreo, lo abandonaron en la corriente del Nilo en una canastilla de juncos la que al poco tiempo encontró la hija del faraón. A partir de entonces se desarrolla una de las epopeyas más grandiosas y conocidas de la historia de la humanidad que aparte de la liberación del pueblo hebreo y de los 10 mandamientos nos han legado tesoros de todo tipo. La monumental figura de Moisés (nombre que significa «salvado de las aguas», aunque unos estudiosos creen descubrir raí­ces fonéticas egipcias como Tutmosis o el mismo Ramsés) ha dado lugar a que se escriban infinidad de libros, innumerables glosas y comentarios, se hayan hecho muchas pelí­culas, etc. Muchas festividades religiosas conmemoran eventos de ese tiempo como Pesach (Pascua), Shavout (Pentecost) y Succot (Fiesta de los Tabernáculos). Hasta muchos términos usados comúnmente en el léxico de hoy: estar en perí­odo de vacas gordas, llegar a la tierra prometida, nos cayó como el maná, las diez plagas, adorar al becerro de oro. Súbitamente Moisés dejó radicalmente toda su vida egipcia cuando dio muerte a un capataz que maltrataba a un esclavo hebreo. Huyó al desierto, hizo vida de pastor y estaba tranquilamente apacentando sus ganados cuando un dí­a el Señor se le apareció por medio de una zarza ardiente y le ordenó, al que hasta entonces era tí­mido y lento para hablar, que se presentara ante el faraón para pedirle que liberara al pueblo hebreo para después conducirlo a la Tierra Prometida.