La violencia en nuestro país y a nivel mundial está ocasionando grandes estragos en lo que se refiere a distintos ámbitos: en las relaciones humanas entre unos y otros, en las relaciones de pareja y familiares, en el deterioro de la confianza de deambular libremente en nuestras ciudades y pueblos.
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Con la gran destructividad que lleva consigo, con el incesar de las guerras, la poca estimación de nuestros recursos naturales en provecho económico de pocos con una clara falta de conciencia del daño que genera de manera permanente, conduce también al menoscabo de nuestros ecosistemas.
Toda manifestación de conductas violentas tiene relaciones entre sí, por lo cual es perentorio el abordaje de la misma desde sus distintos perfiles. La violencia tiene costos económicos, sociales, políticos, personales e incide en nuestros estilos de vida. Propiciando el aparecimiento de enfermedades físicas pero también emocionales que en el peor de los casos puede conducir a la incapacitación parcial o total de la vida de cualquier persona y en última instancia a la muerte.
Me gustaría comenzar a abordar este tema describiendo algunas teorías sobre esta. Comenzando con comentarios de Erich Fromm:
«Es innegable que cada individuo avanza en la dirección que ha elegido: la de la vida o la de la muerte, la del bien o la del mal».
Existen diferentes formas de violencia, la forma de violencia más normal y no patológica es la violencia juguetona o lúdica. La encontramos en las formas en que la violencia se ejercita para ostentar destrezas, no para destruir, y no es motivada por odio ni impulso destructor. Ejemplos de la misma son los juegos deportivos, en todos esos juegos de combate la finalidad no es matar.
La violencia reactiva, la que se emplea en la defensa de la vida; de la libertad, de la dignidad, de la propiedad, ya sean las de uno o las de otros. Tiene sus raíces en el miedo, y por esta razón probablemente es la forma más frecuente de violencia; el miedo puede ser real o imaginario, consciente o inconsciente. Este tipo de violencia está al servicio de la vida, no de la muerte; su finalidad es la conservación, no la destrucción.
Agrega Fromm que con mucha frecuencia la sensación de estar amenazado y la violencia reactiva resultante no se basa en la realidad, sino en la manipulación de la mente humana; los jefes políticos y religiosos persuaden a sus partidarios de que están amenazados por un enemigo y así provocan la respuesta subjetiva de hostilidad reactiva.
Difícilmente habrá un caso de guerra que no pueda disfrazarse de defensa.
Esta persuasión depende sobre todo de la falta de pensamiento y sentimiento independientes, y de la dependencia emocional de la inmensa mayoría de la gente respeto de sus líderes políticos.
Violencia vengativa, en este tipo de violencia el daño ya ha sido ocasionado y por lo tanto la violencia no tiene función defensiva, sino la función irracional de anular mágicamente lo que realmente se hizo. El individuo que vive productivamente no siente, o la siente poco, aún cuando haya sido dañado, insultado y lastimado, el proceso miso de vivir productivamente le hace olvidar el daño del pasado. La capacidad de producir resulta más fuerte que el deseo de venganza. Que es el resultado del quebrantamiento de la fe.
Violencia compensadora, la que es sustituta de la actividad productora en una persona que se siente impotente.
El potencial humano para el bien y para el mal, tiene que ver con el siguiente análisis: Crear vida es trascender. Pero destruir la vida también es trascenderla y escapar al insoportable sentimiento de la pasividad total. Crear vida requiere ciertas cualidades de las que carece el individuo impotente. Destruir vida requiere sólo una cualidad: el uso de la fuerza.
En realidad, debemos de adquirir conocimiento para elegir el bien, pero ningún conocimiento nos ayudará si hemos perdido la capacidad de conmovernos con la desgracia de otro ser humano, con la mirada amistosa de otra persona, con el canto de un pájaro, con el verdor del césped. Si el hombre se hace indiferente a la vida, no hay ya ninguna esperanza de que pueda elegir el bien.
Entonces, ciertamente, su corazón se habrá endurecido tanto, que su «vida» habrá terminado. Si ocurriera esto a toda la especie humana, la vida de la humanidad se habrá extinguido en el momento que más prometía.