Prisionero de sus demonios


Siete años de presencia estadounidense e internacional y miles de millones de dólares de ayuda, no han impedido que Afganistán siga siendo un paí­s frágil sumido en la violencia, convertido ahora en el rompecabezas del próximo presidente de Estados Unidos, Barack Obama.


La lluvia de millones ha permitido algunas mejoras, básicamente en materia de educación, sanidad y libertad de expresión, pero el paí­s es aún uno de los más pobres del mundo.

El fracaso es evidente en el aspecto de la seguridad, reforzada con 70 mil soldados extranjeros que no han impedido a los rebeldes ganar

terreno.

Obama se ha fijado Afganistán como una de las prioridades de su mandato y se ha comprometido a desarrollar este paí­s al que considera, junto a Pakistán, como el «frente central» de la «guerra contra el terrorismo». En 2009, se desplegarán 30 mil soldados estadounidenses más en Afganistán.

El apoyo de Washington no impide que la tarea del presidente afgano Hamid Karzai de construir un Estado sólido parezca titánica a ojos de los expertos.

Entre los «innumerables obstáculos», los dirigentes tienen que «reconstruir unas fuerzas de seguridad», todaví­a débiles, al tiempo que se combate a los rebeldes, dijo el ex ministro de Interior afgano, Ali Jalali.

La debilidad de la economí­a y de las infraestructuras, así­ como la corrupción, son otros graves problemas, sostuvo, en su contribución a una recopilación de ensayos titulada «El futuro de Afganistán»