Israel, Palestina y Gaza (II)


En la paz, los hijos entierran a los padres; la guerra altera el orden de la naturaleza y hace que los padres entierren a sus hijos. Heródoto.

Luis Fernández Molina

Cuando Abram tení­a 75 años y estaba tranquilamente asentado en Mesopotamia lo sacudió la voz del Señor que le ordenó dejar «tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te voy a mostrar». Obediente Abram, a pesar de sus años (aunque todaví­a no habí­a llegado a la mitad de su vida) emigró con toda su gente de Harán (actual Irak) rumbo al surponiente, a la zona de Canaán (actual Israel); «los cananeos viví­an entonces en esa región» (Gen. 12, 6). Allí­ el Señor se le apareció y le dijo «Esta tierra se la voy a dar a tu descendencia». Sin embargo al poco tiempo de asentarse en Canaán se desató una gran sequí­a y consecuente hambruna y Abram preparó el traslado de su pueblo a Egipto. Sarai, la esposa de Abram era excepcionalmente bella y para evitar que mataran al esposo por quedarse con ella ambos acordaron decir que era la hermana de Abram; «por causa de Sarai, el faraón trató bien a Abram», le regaló ovejas, vacas, esclavos, esclavas, asnos y camellos, pero también por causa de Sarai el Señor castigó con plagas al faraón. Es claro que Abram, aunque extranjero, era un personaje importante al punto que se codeaba con el faraón. Enterado del engaño el faraón recriminó a Abram «Tú dijiste que era tu hermana y yo pudo haberla tomado por esposa». Molesto le ordenó que se fueran. De regreso a Canaán Abram dividió con su sobrino Lot unos terrenos pero habí­a problemas ya que «en aquel tiempo los cananeos y ferezeos todaví­a viví­an allí­» (Gen. 13,7). Posteriormente Dios harí­a un pacto con Abram y en virtud del mismo cambió su nombre por Abraham «porque te voy a hacer padre de muchas naciones»; por su parte Sarai habrí­a de llamarse en adelante Sara; como parte del convenio los varones debí­an circuncidarse «así­ mi pacto quedará señalado en la carne de ustedes como un pacto para toda la vida». Satisfecho el Señor reiteró la promesa: «Esta tierra se la daré a tus descendientes, desde el rí­o de Egipto [en la pení­nsula de Sinaí­] hasta el rí­o grande, el Eúfrates. Es decir la tierra de los ceneos, los cenezeos, los cadmoneos, los hititas, los ferezeos, los regaitas, los amorreos, los cannaneos, los gergeseos y los jebuseos» (los filisteos todaví­a no habí­an llegado). Valga esa declaración del Altí­simo, plasmada en la Biblia, como legí­timo tí­tulo de propiedad, ad perpetuam, para el pueblo hebreo, claro está, desde la perspectiva hebrea. Abraham murió a la edad de 175 años y engendró a Isaac (el mismo que estuvo a punto de ser sacrificado), este a Esaú y a Jacob quien, tras pelear con un ángel, cambió el nombre por el de Israel «porque has luchado con Dios y con los hombres y has vencido» (primera vez que aparece el término Israel). Jacob alias Israel «se quedó a vivir en Canaán, donde su padre habí­a vivido por un tiempo» y tuvo los famosos 12 hijos que corresponde al igual número de las tribus de Israel. Entre estos hijos está Judá, de donde deriva el término judí­o; Leví­, de los levitas; el pequeño Benjamí­n y por supuesto José, el intérprete de los sueños el que conforme al relato bí­blico terminó como asistente del mismí­simo faraón con caracterí­sticas de ministro de economí­a y de agricultura. Cuando José llegó a ese alto puesto en Egipto y dado a que una nueva sequí­a y hambruna azotaba Canaán, todo el entonces pueblo hebreo emigró nuevamente a las tierras del Nilo donde empezó un perí­odo histórico de cerca de 400 años que, después de una aceptable bienvenida, fue degenerando en la esclavitud de los hebreos: el cautiverio en Egipto. Al haberse marchado a Egipto abandonaron la tierra de Canaán que, lógicamente, en 10 generaciones se fue poblando por gentes de la región que llegaron a establecerse en poblados, construyeron ciudades e hicieron propios los terrenos de cultivo y pastoreo. Pero los hebreos habrí­an de regresar al mando de un gran lí­der: Moisés. (Continúa).