De todos los sucesos del año, el más significativo, a mi parecer, es el zapatazo a Bush, porque simboliza el cambio de una era, marcada, además, por la salida del actual presidente de Estados Unidos en su mandato.
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No quiero decir, únicamente, el fin de un período presidencial, que cambiará el próximo 20 de enero. Eso también, porque Barack Obama y sus planteamientos políticos son de un pensador que se formó fuera de la Guerra Fría, no como Bush que heredó los odios de un mundo polarizado.
Obama bien parecería la cumbre del cambio de una época, que diera inicio con las presidencias de Nelson Mandela en Sudáfrica o el ascenso de varias mujeres como presidentas de sus naciones, como Bachelet y Cristina Fernández.
El mundo está cambiando y la polarización entre primer y segundo mundo -con consecuencias violentas al tercero- parece ir llegando a su fin, porque ahora los problemas son mucho más complejos que diferenciar de un fenómeno a los «buenos» de los «malos».
¿Qué hace falta, pues? El narcotráfico se está configurando como el problema latente más preocupante del siglo XXI, por lo menos en la mayor parte del mundo. En el Medio Oriente y en el Pacífico Sur de Asia, la polarización entre el Estado y los llamados «terroristas» pareciera ser lo más complicado. No por el terrorismo en sí, sino porque es evidente que los Estados de esa región del mundo no son representativos de su población, y la violación a los derechos humanos es tan agresiva, como fue en los países latinoamericanos.
El primer mundo está siendo amenazado por el crimen organizado, cuya complejidad para la compresión es muy alta, y para combatirlo no basta con invadir en busca de armas de destrucción masiva o cerrar fronteras con un muro larguísimo, que, dicho sea de paso, ésas eran las ideas de quienes gobernaban al estilo de Bush.
Y, ante tanta complejidad, el ciudadano común y corriente sigue siendo el más afectado, ya que en él recaen todas las deudas de las crisis financieras; en él repercute el tráfico ilícito mundial de armas con los asesinatos cotidianos; en él recae la necesidad de emigrar, fenómeno que sigue siendo la mejor forma para conducir a la esclavitud moderna.
Sobre todo, en este tiempo de «reflexión», siempre es bueno hacer el llamado para que paremos un poco de hacer nuestras compras consumistas y dejemos por un momento de estresarnos por los tamales o por la pierna horneada, y pensemos en el verdadero sentir de esta época.
Miles de años atrás, el pueblo judío quizá padecía la misma opresión; no con los mismos problemas, pero el agobio siempre será sentido igual en cualquier tiempo y espacio de la actividad humana. Los judíos vivían regidos por un imperio, que esclavizada a la mayor parte del mundo conocido en esa época; los niveles de pobreza eran evidentes; los tiempos no eran menos violentos, en especial porque no había idea del respeto a los derechos humanos.
Por eso, las creencias judías de esa época esperaban al Mesías, pero no tenían idea de cómo sería. Para algunos, debería haber sido un rey que diera la libertad a su pueblo; o un estratega guerrero que liderara una revolución y expulsara a los romanos; o un profeta que se enfrentara al poder hegemónico que los oprimía.
Pero Dios, que en realidad se acerca más a los valores contrahegemónicos, no mandó ni un rey, ni un guerrero ni a un profeta. Mandó a un bebé que tuvo por cuna un bebedero para animales. í‰sa fue la respuesta de Dios ante la opresión en el mundo, y no un zapatazo, ni una invasión, ni un muro, ni un presidente.