Yo creo que en mi familia los niños son el centro de atención y en buena medida toda la actividad gira alrededor de los por ahora diez nietos que alegran nuestros días, tres de ellos desde lejos y manteniendo el contacto gracias a las maravillas de la comunicación actual, y los otros siete compartiendo con mayor frecuencia entre sí y con sus abuelos y tíos. La Navidad, a pesar de su enorme significado espiritual que da para profundas reflexiones, es indudablemente una fiesta especial para los pequeños porque disfrutan cada momento no sólo en la natural y comprensible espera de los regalos, sino que también porque creo yo que sienten e intuyen que en el ambiente hay algo especial, algo que apunta a pasar por alto diferencias y a destacar los puntos de encuentro que pueden hacer más fuertes los vínculos.
ocmarroq@lahora.com.gt
Yo de patojo nunca creí en Santa Claus y tampoco lo hicieron mis seis hijos. Sin embargo, cuando ellos fueron formando sus propias familias alentaron en sus hijos la tan extendida creencia y, por supuesto, respeté su decisión y nunca cuestioné con los patojos la idea que tenían de que los regalos eran producto de la bondad de ese personaje fantástico. De hecho, como pasa con muchas cosas que nos toca hacer a los abuelos, me tuve que volar varias películas sobre el tema durante muchos años.
Pero hace un par de días, mi nieto Sebastián se acercó a mi y me dijo que él ya no creía en Santa Claus, no sólo porque está convencido de que nadie puede vivir eternamente como pareciera ser la vida de ese personaje, sino porque piensa que los regalos son producto del esfuerzo y de la dedicación de sus padres. «Â¿Vos sinceramente qué pensás?, me dijo de sopetón. Empecé diciéndole que era un tema que él tenía que hablar con sus papás y no con el abuelo, pero me cortó diciendo que yo le había ofrecido siempre que no lo engañaría y que él ya me había dicho lo que pensaba y que ahora me tocaba a mí decirle a él cuál era según yo la verdad. Sabiendo que Cristian su papá les había enseñado desde la más tierna infancia la creencia popular en Santa Claus me sentí en un brete porque si bien le quería decir que él estaba en lo cierto, me contuve para forzarlo a que fuera con su papá que hablara.
Un rato más tarde llegó conmigo muy satisfecho porque ya había aclarado todo con su papá y entendió que no les iba a borrar la fantasía a sus hermanos menores. A sus nueve años tenía la sensación de que había dejado de ser un niñito porque él, su papá y su abuelo compartían una verdad que a él le tocaba ocultar por un tiempo a sus dos hermanos menores.
Y ahora, cuando se aproxima la hora de la Navidad y sus hermanos meten bulla con lo que creen que les va a traer Santa, me hace un guiño de complicidad que le hace sentirse del lado de los adultos. Por supuesto que me gusta mucho ese roce y esa relación, pero también pienso que es el inicio de una nueva etapa en su vida en la que tendrá que ir tomando cada vez más contacto con la realidad, dejando de ser ese niño totalmente inocente al que podían babosear sus papás con historietas sobre la forma en que le iban a dejar los regalos en la Nochebuena.
Es entonces cuando pienso qué clase de sociedad les estamos heredando a nuestros descendientes y me aterra pensar que no hemos sido capaces de construir algo de lo que nos podamos sentir orgullosos. Una sociedad que no tenga que basarse en falsas ilusiones, en la búsqueda de efímeras satisfacciones como las que abundan por estos días, sino que pudiera ser como el hogar que nos da seguridad y fortaleza para lograr nuestros fines. Al dejar de pensar en Santa Claus, Sebastián tendrá que empezar a pensar por qué otros niños viven en condiciones tan lamentables y, ojalá, sepa comprometerse para tratar de hacer algo para que la Guatemala que vean sus hijos y sus nietos sea distinta a la que nosotros les estamos legando a ellos.