Haroldo Rodas Estrada
Las casas de los guatemaltecos poseen en su interior numerosos aspectos que guardan la identidad y el encanto del ser chapín, tipificándolas como muy particulares porque conservan variados elementos que las tipifican, como moldes para alfombras de cuaresma y Semana Santa, así como embreados, tules, e imágenes para confeccionar los nacimientos en esta temporada.


Este menaje tan típico se ha conformado a lo largo de los siglos, los habitantes de este terruño han fijado en su vida cotidiana el uso de estos elementos desde la época colonial, cuando el hombre que vivió en el territorio de la actual república de Guatemala, gestó un proceso, adoptando posiciones de vida, de reverencia, de espiritualidad, de conducta, de placer y de muchísimos aspectos más con que llenó el vacío de los espacios en los que residió para darles vida y prestancia, forjando linajes, fijando ancestros y reafirmando un abolengo reflejado en cada uno de los objetos ostentados.
Así se forjó el pasado de los guatemaltecos, inmersos en la corriente latinoamericana, adoptaron modelos de vida procedentes de España y los supieron combinar con características propias creando un sistema de valores y forma de vida que hoy es posible reconstruir a través de algunos bienes que han llegado hasta nuestros días, pero que también se pueden reconocer o reconstruir a través de la lectura de legados, testamentos y múltiples documentos que permiten reconocer cómo fue la vida de aquellos seres que nos antecedieron en el espacio que hoy reconocemos como Guatemala.
Internarse en esa apreciación no es una tarea sencilla, visualizar los enseres, formas de vida, apreciación de posición social y ante todo reconstruir los modelos de casa de cada época, exige un cuidadoso estudio de cada una de las líneas anotados por los escribanos del período colonial en los testamentos, legados matrimoniales y otros aspectos más.
Entre sus haberes que figuran en esos testimonios están numerosos cuadros con representaciones de Santos, algunas en láminas de metal e imágenes talladas, entre las que se incluían piezas de madera y marfil, que desde luego podemos inferir que en su mayoría se destruyeron en el proceso del tiempo; sin embargo, es posible que algunos de estos hayan pasado de generación en generación, y sea posible que se conserven en algunas residencias particulares, como parte del menaje familiar.
Los Nacimientos en
los menajes de casa
Uno de estos aspectos se da con el Nacimiento o Belén, conocido además como pesebre o sea la representación de la escena del nacimiento de Jesús, lo cual implica un espacio especial dentro de las casas durante la jornada que abarca unos días antes de la natividad de Jesús y se prolonga según la tradición guatemalteca hasta el 2 de febrero.
A través del Nacimiento o Portal se puede visualizar en la actualidad múltiples aspectos de la sociedad guatemalteca, situación que nos permite plantearnos si esto mismo se dio durante el período colonial. Responder esto es un tanto aventurado, sin embargo, al revisar los testamentos y legados podemos establecer la existencia en un buen porcentaje de misterio de la Natividad en las casas igual que otras piezas consideradas el escenario con el que los guatemaltecos de la época representaban el nacimiento de Jesús.
La costumbre traída al actual territorio de Guatemala desde el siglo XVI, al igual que todo el resto de América Latina, quedó registrada en anécdotas o relatos redactados por los cronistas, entre ellos Tomas Gage, un fraile dominico de origen inglés que estuvo dentro del convento de su orden en la ciudad de Santiago de Guatemala, hoy Antigua, donde escribió su obra, cuyo relato dejó entrever que ésta veneración se dio dentro de las iglesias durante el período de navidad. Hay también otras notas breves, pero en su mayoría corresponden al siglo XIX y revelan la utilización de figuras para los llamados «Nacimientos» y aunque demuestran escenas de mestizaje, era necesario revisar antecedentes mucho más antiguos para establecer si efectivamente los Nacimientos surgen desde la perspectiva hispánica como un reflejo de la sociedad que los generaba.
Hay que tomar en cuenta que el simple hecho de contar con piezas para festejar el nacimiento de Jesús eran por regla general elementos que acompañaban los menajes de casa, sin duda alguna obras con mayor o menor calidad, pero todos en uno u otro grado tenían el deseo de poseer este legado para celebrar las fiestas de la Natividad de Jesús, pero curiosamente a través de ello formaban el cuadro de costumbres y armonía, que la misma sociedad colonial añoraba.
Cada uno se podría haber visto reflejado en aquel paisaje urbano, en el que Dios asomaba para todos, pero que al final también demostraba a través de su posesión el grado de esplendor y linaje que el poseer el nacimiento implicaba. Reconozcamos tan sólo algunos ejemplos que nos permitan visualizar estas vivencias.
En primer orden a fines del siglo XVIII en el inventario de bienes de la casa de la señora Tomasa Taso, se incluyó un Niño Jesús con corona de plata, seis ángeles con sus vestidos correspondientes, veintitrés pastores, entre los que figura uno vestido de indio. Se omiten las citas de los documentos consultados, ya que esta es una versión de lectura general y busca la ameneidad para el lector.
La referencia anterior obliga a pensar en un nacimiento con imágenes de vestir, lo cual da lugar además a imaginar el espacio que necesitaba dicho montaje, pero lo especial acá es la mención de un alto número de pastores, entre los cuales figura uno con traje regional, aspecto que debió darse colocándole un trajecito hecho en miniatura a la usanza de alguno de los grupos indígenas que habitan en la región, y que pudo ser, por ser el área donde está asentada la ciudad de Guatemala, de raigambre Cakchiquel.
Esto da lugar a determinar que para entonces en los nacimientos guatemaltecos figuraban ya piezas de imágenes vestidas de indígenas, que más adelante trascenderán a todos los hogares y se convertirán en las piezas de cerámica con las que se representa a todos los seres revestidos con una innumerable cantidad de trajes autóctonos, y que son, un retrato de la vida cotidiana de la época. Hasta la fecha la costumbre de colocar los pastores de cerámica ya sea vestidos a la usanza del medio oriente, de ladinos o indígenas subsiste y es una forma de contemplar el mundo y de reflejarlo en su propio espacio creando un mensaje en el que se muestra el sentimiento de quien monta estos escenarios.
El uso del nacimiento en las residencias debió ser también una costumbre muy acendrada, ya que la mayoría de testamentos dejan un espacio para citar estos aspectos, tal como sucede con el legado de María de la Cruz Méndez y Guerrero, quien para 1790 testó un Niño Jesús con su peana y una pastorcita. Estas menciones hacen ver el sentido de veneración que alcanzó la natividad de Jesús en el medio, que sin duda derivó de las menciones iniciales que los cronistas dejaron de estos hechos en las iglesias, de donde pasaron a las casas de habitación, conservando sus habitantes esta costumbre que dio lugar a forjar uno de los aspectos en que se cimienta un diálogo de identidad entre los grupos antecesores y los actuales.
Siguiendo una cita cronológica de los documentos consultados hay una referencia de que en la casa de Gabriel Rodríguez existió hacia 1791 un Niño Jesús sentado al pie de una cruz dorada de media vara, una veneración derivada del Niño de la Santa Cruz del Milagro, cuya gráfica se incluye en este artículo. Esto da lugar a reafirmar la enorme devoción que debió existir por el Niño Jesús en esa época, pero ante todo demostrar cómo incorporó elementos variados alrededor del Niño, generando además un modelo de posición muy singular que veremos desarrollar en el proceso del tiempo. Posiblemente de ellos se derivó la presencia de imágenes del Niño Dios de Pasión
En las mortuales afloran enorme cantidad de referencias al respecto, bástenos citar el caso de Gerardo Acevedo quien hacia 1805 legó un Niño Jesús con su nido y ropita, resplandor de plata y otro Niño sin resplandor. Esto nos permite establecer que la aplicación de artes de uso también eran para las imágenes, estas cobran un sentido de vida, a la par de sus propietarios, especialmente los niños dioses que se les trata como verdaderos niños y se les proveía de todo lo necesario para conservar un esplendor desde la cuna. Obsérvese con cuidado la aplicación de resplandores de plata, vestimenta y otros detalles más que irán asomando, con los cuales se reafirma la condición que los habitantes de cada residencia brindan a su imágenes de culto, convirtiéndolas en elementos vivos que gozan de los beneficios de todos los habitantes de la casa.
Examinemos con detalle la relación de un documento conservado en el Archivo de Centromáerica, donde se indica que el 5 de septiembre de 1805, murió Juan Pérez, indígena de Santa Isabel Godíguez, un pueblo de los alrededores de la antigua ciudad de Santiago de Guatemala, hoy Antigua. El heredó a su esposa Francisca Pérez varias de sus deudas y haberes, uno de los cuales consistía en un misterio valuado en 200 pesos, el cual se encontraba en poder de Simona Cedilla. El modismo «misterio» refiere al conjunto formado por San José, la Virgen María y el Niño Jesús, denotando con ello la posibilidad de que este personaje hubiese tenido también la oportunidad de montar un nacimiento, lo cual demuestra que esta costumbre se arraigó entre todos los sectores, incluyendo a los indígenas.
La tradición de montar un Belén en cada casa estuvo muy arraigada, tal como lo demuestra el legado de la mortual de Luisa Colindres, donde es mencionado un Nacimiento de Cristo, incluyendo en este un Misterio de tercia de alto con su Niño Dios, coronas de plata, resplandor y vara, esta última para el Señor San José, valuándosele en 25 pesos. Al mencionar el documento el tamaño de las imágenes y citar las piezas de plata aplicadas a su presentación, sugiere un «misterio» para vestir, y este a su vez implica que era utilizado para nacimientos a ser montados en la temporada de pascua de fin de año.
Otro aspecto devocional que nos permite mostrar el sentido de aplicar parte de la vestimenta de la época a las imágenes es el que nos presenta la mortual de Xaviera Coronado en la población de Chimaltenango, un departamento ubicado al centro de Guatemala, donde hay predominio de residentes cakchiqueles. En el documento figura una Divina Pastora de media vara, sin más que pollerita de tafetán sileise y camisa, elementos de vestimenta de ese período, demostrándose así que las imágenes son parte de la vida de los habitantes de una casa, quienes las dotan de todo lo necesario, y se convierten en las piezas claves para el impulso y la veneración.
En ese mismo inventario figuran un Misterio estofado de media vara con un niño y resplandor, el cual fue vendido en 25 pesos, además un Niño Dios de bulto de media vara, sin ropaje ni insignia y un cuadro de Belén, lo cual también refleja el interés por cultivar la devoción al nacimiento de Jesús, con piezas planas, pero que permitían fijar conceptos alrededor de ese misterio y a la vez acrecentar su devoción entre la familia y sus allegados.
Destaca también otro personaje por la referencia en su legado de un misterio con sus adornos el inventario del domicilio de Antonio Vela, formulado el 12 de febrero de 1818, en cuya residencia también existió un cuadro de Nuestra Señora de Belén, el cual refiere una virgen con el Niño en los brazos. En esta indicación se señala un misterio con sus adornos, que puede traducirse hoy como los posibles elementos de ofrenda que poseía, como coronas, resplandor y vara de plata del Señor San José, pero también puede aludir a los adornos que integraban un nacimiento, en este caso particular todas las piezas que por mínimas o grandes que fuesen integran el conjunto.
Lo anterior nos permite determinar que el nacimiento fue sin lugar a dudas uno de los aspectos que llenó el espacio residencial de los guatemaltecos del período hispánico, pero este se dio en distintas escalas, desde un orden de los grupos sencillos hasta las clases altas, figurando en cada uno el deseo de poseer un misterio que permitiere integrar aquella escena que fue acompañada de representaciones de personas que ejecutaban diversos oficios, reflejando la actividad económica y productiva de la época, pero a la vez, el deseo de crear una concordia entre todos los grupos que debían habitar en este espacio.
Podemos afirmar con ello que desde el «nacimiento» se ve reflejada la conducta y el deseo de la sociedad guatemalteca de aquella época, que buscaba la concordia entre todos y el diálogo intercultural que aún se añora, quizás dentro del nacimiento del Niño Jesús podamos encontrar la respuesta a por qué aún no hemos conciliado los intereses de los todos los grupos que afloraron dentro de la sociedad hispánica, y demostrar que posiblemente en la sociedad guatemalteca todos desean integrar el escenario socio-político, pero colocados bajo el interés de quien detecta el poder. Hombres y dioses dialogan en el mundo que cada guatemalteco creó como fantasía para subsistir con él ante los embates de la hostilidad y violencia del mundo real con que se desenvolvió la colonia.
Objetos, valores, y elementos de uso cotidiano, fincados en cada personaje que conforma el nacimiento son tan solo una puerta que se abre para fincar nuevas perspectivas a la historia del arte, en el que quizás encontremos en el futuro la posibilidad de encontrar los mecanismos para la reconciliación. Por ahora siguen siendo elementos inertes con los que se busca formar el cuadro ideal para la paz.