Evangelios de la Nochebuena


Eduardo Dí­az Reyna

Universidad de San Carlos de Guatemala

Nuevamente estamos en el tiempo de Navidad. Es la época en que recordamos y veneramos el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, segunda persona de la Santí­sima Trinidad.


En Guatemala es época de gran celebración, fervor y tradición. En las iglesias y en los hogares las imágenes del Niño Dios, la Santí­sima Virgen Marí­a y el Señor San José presiden el lugar de honor, el nacimiento o altar conmemorativo del acontecimiento.

Son también actores de los nacimientos los pastores, las ovejas, el buey y la mula, los ángeles, las casitas, los rí­os, las fuentes, las plazas engalanadas con toda clase de figuras de barro, elaboradas por nuestros finos artesanos.

Por eso, en esta ocasión, trasladamos a nuestros lectores los Evangelios de la Navidad: San Mateo, San Lucas y San Juan nos recordarán lo sucedido hace más de 2000 años en la bí­blica ciudad de Belén, mensajes que hoy articulan la fe católica.

San Mateo 1, 18-25

La concepción de Jesucristo fue así­: Estando desposada Marí­a, su madre, con José, antes de que conviviesen, se halló haber concebido Marí­a del Espí­ritu Santo.

José, su esposo, siendo justo, no quiso denunciarla y resolvió repudiarla en secreto.

Mientras reflexionaba sobre esto, he aquí­ que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a Marí­a, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espí­ritu Santo.

Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados.

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que el Señor habí­a anunciado por el profeta, que dice:

«He aquí­ que una virgen concebirá y parirá un hijo,

Y le pondrá por nombre «Emmanuel» «,

Que quiere decir «Dios con nosotros».

Al despertar José de su sueño hizo como el ángel del Señor le habí­a mandado, recibiendo en casa a su esposa.

No la conoció hasta que dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús.

San Mateo 2, 1-6

Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los dí­as del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos,

diciendo: ¿dónde está el rey de los judí­os que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella al oriente y venimos a adorarle.

Al oí­r esto el rey Herodes se turbó, y con él toda Jerusalén,

y reuniendo a todos los prí­ncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde habí­a de nacer el Mesí­as.

Ellos contestaron: En Belén de Judá, pues así­ está escrito por el profeta:

«Y tú, Belén, tierra de Judá,

no eres ciertamente la más pequeña

entre los prí­ncipes de Judá,

porque de ti saldrá un jefe

que apacentará a mi pueblo, Israel».

San Lucas 2, 1-14

«Por aquellos dí­as salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad.

Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con Marí­a, su esposa, que estaba encinta.

Y sucedió que mientras ellos estaban allí­, se le cumplieron los dí­as del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no habí­a sitio para ellos en la posada.

Habí­a en la misma comarca algunos pastores, que dormí­an al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió con su luz; y se llenaron de temor.

El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegrí­a, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador; que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:

«Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».»

San Lucas 2, 15-21

«Cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decí­an unos a otros: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado». Y fueron a toda prisa, y encontraron a Marí­a y a José, y al Niño acostado en el pesebre.

Al verlo, dieron a conocer lo que les habí­an dicho acerca de aquel Niño; y todos los que le oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decí­an. Marí­a, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón.

Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habí­an oí­do y visto, conforme a lo que se les habí­a dicho.

Cuando se cumplieron los ocho dí­as para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno.»

San Lucas 2, 22-40

«Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la Ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor; de acuerdo con lo escrito en la Ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la Ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».

Viví­a entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espí­ritu Santo moraba en él. Habí­a recibido un oráculo del Espí­ritu Santo: que no verí­a la muerte antes de ver al Mesí­as del Señor.

Impulsado por el Espí­ritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la Ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu palabra, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decí­a del Niño. Simeón los bendijo, diciendo a Marí­a, su madre: «Mira, éste está puesto para caí­da y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Habí­a también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada. Después de casada habí­a vivido siete años con su marido y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y dí­a con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Así­ que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor; se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecí­a y se fortalecí­a, llenándose de sabidurí­a; y la gracia de Dios estaba con él.»

San Lucas 2, 41-52

«Los padres de Jesús solí­an ir cada año a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. Pasados aquellos dí­as, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo advirtiesen sus padres.

Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un dí­a de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y como no lo encontrasen, retornaron a Jerusalén en su busca.

Al cabo de tres dí­as, lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oí­an quedaban admirados de su sabidurí­a y de sus respuestas.

Al verlo se maravillaban, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos». Y él les dijo: «Â¿Por qué me buscabais? ¿No sabí­ais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.

Bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Jesús crecí­a en sabidurí­a, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres.»

San Mateo 2, 13-15, 19-23

«Un ángel del Señor se apareció en sueños a Jesús y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y estate allí­ hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».

í‰l se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y huyó a Egipto. Allí­ permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».

(…)

Muerto Herodes, un ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto, y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel; pues han muerto ya los que atentaban contra la vida del niño».

Levantándose, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de Israel. Al oí­r que Arquelao habí­a sucedido a su padre Herodes en el trono de Judea, temió ir allá; y avisado en sueños marchó a la región de Galilea. Y se fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por medio de los Profetas: «Será llamado nazareno».»

San Juan 1, 1-18

«En el principio existí­a el Verbo,

y el Verbo estaba junto a Dios,

y el Verbo era Dios.

í‰l estaba en el principio junto a Dios.

Todo fue hecho por í‰l,

y sin í‰l no hizo nada de cuanto ha sido hecho.

En í‰l estaba la vida,

y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz brilla en las tinieblas,

y las tinieblas no la recibieron.

Hubo un hombre enviado por Dios,

que se llamaba Juan.

Este vino como testigo,

para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por él.

No era él la luz,

sino el que debí­a dar testimonio de la luz.

(El Verbo, la Palabra) Era la luz verdadera,

que ilumina a todo hombre,

que viene a este mundo.

En el mundo estaba,

y el mundo fue hecho por í‰l,

y el mundo no le conoció.

Vino a los suyos,

y los suyos no le recibieron.

Pero a cuantos le recibieron

les dio poder para ser hijos de Dios,

a los que creen en su nombre,

que no han nacido de la sangre,

ni de la voluntad de la carne,

ni del querer del hombre,

sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne,

y habitó entre nosotros,

y hemos visto su gloria,

gloria como de Unigénito del Padre,

lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de í‰l y clama:

«í‰ste era de quien yo dije:

el que viene después de mí­

ha sido antepuesto a mí­,

porque existí­a antes que yo.

Pues de su plenitud

todos hemos recibido,

y gracia por gracia».

Porque la Ley fue dada por Moisés;

la gracia y la verdad

vinieron por Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás;

el Dios Unigénito,

el que está en el seno del Padre,

í‰l mismo lo dio a conocer.»