Por principio no puedo estar en desacuerdo con las acciones del programa de Cohesión Social porque si bien es cierto que se trata de ayudas de corto plazo que no resuelven el problema estructural de la pobreza, al menos significan un alivio para miles de hogares que viven todos los días con penurias por la falta de oportunidades. Y aquéllos que sostienen que es puro populismo porque no se está enseñando a pescar a la gente sino apenas regalando pescado, repiten el estribillo de que es pan para hoy y hambre para mañana, lo cual es muy fácil decir cuando no se han pasado las penas que agobian a tanta gente en los lugares de mayor concentración de la pobreza.
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Sin embargo, creo que una cosa no debe excluir lo otro y que si bien por las dimensiones del problema se justifican acciones de corto plazo como las que está desarrollando el gobierno, no se puede perder la dimensión real del problema que demanda cambios estructurales de mucha profundidad para que podamos iniciar una transformación orientada a que todos los habitantes del país puedan tener acceso a las oportunidades. Aun gastando millonadas en darle dinero a la gente, sea para que envíe a sus hijos a la escuela o simplemente para tenderles una mano solidaria cuando más lo necesitan, no se avanza en absoluto porque subyacen las causas estructurales de nuestro problema de una profunda desigualdad.
Y cuando hablo de combatir esa desigualdad no estoy pensando en que todos debemos ser iguales y que una tabla rasa debiera emparejarnos a todos. Hablo de que en medio de nuestras diferencias podamos aspirar, por lo menos, a tener oportunidades más equitativas y que lo mismo pueda aspirar a su plena realización como ser humano un niño que nace en alguno de los municipios con mayor nivel de pobreza, que cualquier otro niño que ve la luz en condiciones familiares mucho más favorables. Porque al fin y al cabo si alguna función tiene el Estado, además de garantizar la vida y la seguridad, es la de hacer posible que todos los habitantes de un país tengan las condiciones inherentes para aspirar a una vida digna.
Los programas de cohesión social que tienden la mano al desvalido son una consecuencia de años de marginación y olvido del drama social que se vive en el país. Es muy fácil criticar esas políticas por su visión de corto plazo cuando uno no tiene un hambre que lo puede matar también en el corto plazo, pero se entienden mejor en la medida en que se da uno cuenta de cómo viven nuestros compatriotas y cuán difícil es para muchos de ellos obtener el alimento de hoy, es decir, llevarle ahora mismo a sus hijos el pan a la mesa. Quien crea que eso es una exageración es porque no conoce en verdad lo que es la vida en nuestra Guatemala.
Pero, repito, por urgente y necesario que sea ese apoyo, hay que verlo como absolutamente insuficiente. Hay que triplicar la inversión social para trascender de la entrega de pescados y crear las condiciones donde se pueda pescar. Hoy por hoy, no existe ni la laguna para echar el anzuelo, no digamos los peces que puedan saciar el hambre de la gente, y eso es cabalmente lo que debiéramos cambiar, lo que debiéramos revertir.