Corrupción en la Policí­a


Estas historias parecieran sacadas de las últimas pelí­culas de Batman… Una Ciudad Gótica arrasada por el crimen, en donde la ley que impera es la de la selva, la del más fuerte, de perro come perro y entre más grande… En donde los ciudadanos deben vivir sus vidas entre criminales que los acechan y los aterrorizan, y una policí­a corrupta que no brinda protección y seguridad, sino que más bien protege a los delincuentes y junto con estos atormentan a la población.


Lo malo es que esto, lejos de ser una historia de cómic o de pelí­cula, es la verdadera historia que deben vivir los guatemaltecos a diario. Una oleada de violencia criminal aumentada por la infiltración del narcotráfico en aparatos del Estado, y un sistema de justicia ineficiente… Con una Policí­a Nacional Civil (PNC) mal equipada, mal entrenada y corrupta, un Ministerio Público (MP) ineficaz e incapaz de realizar investigaciones que lleven a condenas, y un Organismo Judicial (OJ) tan corrompido e inepto, que ni siquiera son capaces de elegir un Presidente luego de veinte intentos.

Y mientras el Sistema de Justicia se justifica a su modo, la PNC afronta sus propios problemas internos con la presencia de malos elementos, que lejos de cumplir su obligación de proteger al ciudadano y cuidar la propiedad, entran en un acuerdo de compensación económica con los mismos delincuentes, para ya sea protegerlos, dejarlos que operen con impunidad o convertirse en parte de las bandas del crimen organizado que amedrentan a la población.

Según un dato proporcionado por la Oficina de Responsabilidad Profesional (ORP) de la PNC, este año han sido capturados 62 elementos policiales, entre los que se cuentan agentes, oficiales, inspectores y comisarios. Entre los delitos contabilizados se encuentran: Cohecho, coacción, amenazas, extorsión, abuso de autoridad, entre otros.

Solamente entre el año pasado y este, la PNC ha cambiado de director cuatro veces por diversos escándalos que se han suscitado en la institución. La mayorí­a de agentes se quejan de las malas condiciones en que deben habitar en las comisarí­as y serenazgos, del poco y mal remunerado salario que perciben por arriesgar su vida, y de cómo son despreciados por la misma población que les teme.

Ni modo… ante una situación así­, un policí­a podrí­a pensar: «Si tengo que proteger a las personas que me desprecian y me hacen de menos, recibiendo un salario miserable por arriesgar mi vida combatiendo a delincuentes que están mejor equipados y armados que yo, aguantando frí­o, hambre y abusos, ¿cómo puedo ser un buen policí­a?».