De avisos y apellidos


A diario podemos encontrarnos con esas cosas simples de la vida. El pasado dí­a de los muertos fui al cementerio Los Cipreses a adornar la tumba de mi padre. Al caminar entre los mausoleos, habí­a uno recién utilizado, sin lápida aún, y en su lugar la administración habí­a pegado una hoja de papel con un aviso escrito con marcador negro, que decí­a: «Pasar a las oficinas entre 10 y 12 A.M.» Recientemente mi amigo, licenciado Abel Muñoz Fuentes, shecano para más señas, me invitó a conocer su precioso retiro en las Cumbres de San Nicolás; y en el trayecto leí­ una valla de un cementerio con una leyenda muy sugestiva: «Le garantizamos tranquilidad eterna».

René Arturo Villegas Lara

Curiosidades parecidas encontramos también en materia de apellidos. En los canales de la televisión española nos damos cuenta de la cantidad de apellidos que, para decirlo con palabras de Eraclio Zepeda, son un verdadero despropósito. En cuanto al nombre propio, que sea aceptable depende del uso de la razón, aunque a veces son poco razonables. Por ejemplo, Cantinflas, en la pelí­cula El Padrecito, se negó a bautizar a un nuevo cristiano porque el padre querí­a ponerle «Nepomuceno. ¡Bueno! El gran escritor mexicano, Juan Rulfo, así­ se llamaba. Ahora bien, en el asunto del apellido es distinto, porque una vez aparezca en el asiento del nacimiento, hasta la muerte, salvo el recurso del cambio de nombre.

En la vida real encontramos apellidos y apellidos. Vea usted: Un amigo por ahí­, se apellida «Bocanegra» y realmente no la tiene negra. A otro se le distingue con uno que insinúa casi una anemia de gran calado: «Pocasangre». Entre los indí­genas es común encontrar personas con apellidos como Gallina, Civil, Coche… Y hasta hay veces que el apellido se origina en el pensamiento mágico, como sucede con los Tzotsiles de Chiapas. Allí­, cuando ocurre un nacimiento, se riega ceniza en las afueras de la vivienda y la huella que aparezca de inmediato, es el apellido que se adquiere. Así­ fue como un fulano se apellidaba «Becicleta», tal fue la huella que dejó la bicicleta del médico rural que llegó a atender el parto.

De manera que en el Registro Civil estaba la partida con el nombre de «Juan Becicleta».

Hay apellidos productos de los azares de la vida. Un buen amigo mí­o, excelente abogado, es de apellido «Baratto». Yo le jugaba la broma que era el abogado más caro del mundo, por aquello de que lo barato sale caro. Pues bien, este amigo es propietario de un inmueble en la esquina de la 13 calle y 10a. avenida de la zona 1. Como seguramente las autoridades que cuidan el Centro Histórico no le permitieron botar esa casa histórica, digo histórica porque allí­ se armaban grandes parrandas cuando la Empresa de Autobuses La Unión celebraba su aniversario, cuando quiso derruirla, la autoridad no le permitió botar las paredes y tuvo que dejar en pie los cuartos de la esquina y en lo demás se instaló un «parqueo» público. Pues resulta que dicho inmueble lo alquila un buen señor de origen sudamericano. En los cuartos tiene un servicio de reparación de televisores. Una mañana tuve la oportunidad de platicar con él y como casi es vecino de mi bufete, solemos platicar con camaraderí­a. Cuando le pregunté por sus apellidos, me contestó que eran: «Malo Caro». Malo por su papá y Caro por su mamá. Según él es una de las tantas casualidades de la vida; y yo recordé aquella afirmación final de Garcí­a Márquez, en la novela El Amor en el Tiempo del Cólera, cuando dice «que es la vida, más que la muerte, la que no tiene lí­mites». Así­ que, juntando los apellidos del propietario y del inquilino, qué duda cabe de que «Lo Baratto sale Caro».