Estamos en presencia ya del choque paradigmático entre el pensamiento liberal, que exalta las bondades del mercado, que privilegia la libertad económica por encima de las libertades políticas y sociales y por el otro lado los antiliberales que privilegian el desarrollo de la democracia por encima del libre mercado.
No deseo debatir sobre una o sobre la otra, mi intención es mas bien que comprendamos esta tarde que inexorablemente nos aproximamos al nacimiento de un nuevo modelo de desarrollo político y económico, que habrá de sentar los pilares de la edificación de un nuevo modelo democrático y que por sobre todo habrá de tener en cuenta un nuevo patrón de consumo.
El choque inevitable de las olas agitadas en la economía mundial están propiciando movimientos políticos importantes; el movimiento estudiantil en Grecia trasciende el acto de manifestación solidaria por la muerte brutal de un joven de 15 años y sitúa a la madura generación griega frente al banquillo de los acusados. ¿Es acaso este un pretexto para demostrar el descontento de sociedades insatisfechas?, ¿Qué no se ha hecho bien?, ¿Qué se ha dejado de hacer?, ¿En qué se ha fallado? Las interrogantes son demasiadas, las respuestas a lo mejor escasas.
Desde una eminente visión occidental, el análisis de la realidad internacional que golpea a la economía habrá de circunscribirse al desarrollo de un nuevo modelo económico íntimamente vinculado a un nuevo modelo democrático y a la vez, ese modelo democrático pensado en el modelo económico, pero mucha atención al tema, no se puede cometer el mismo error del pasado, pretender aplicar doctrinas o recetas impuestas, hacerlo representaría circunscribir el fenómeno a un tema eminentemente econométrico dejando de lado el factor social y humano que hemos visto ha sido una de las grandes carencias de las políticas de ajuste estructural de los últimos tiempos.
Por lo anterior, pienso que un nuevo modelo democrático debe partir desde la propia raíz del modelo económico y repito, ese modelo económico debe saber interpretar al modelo democrático. No podríamos pensar en un modelo de desarrollo concebido como si fuera un molde para circunstancias tan distintas como la de Bolivia, por citar un ejemplo y la de Palestina, habría que considerarse las variables sociales, étnicas, religiosas, políticas, contextuales.
Lo que resulta cierto es que en ese choque inevitable de corrientes y pensamientos políticos la dimensión justa del verdadero significado de la economía y la política debe prevalecer. ¿Hacia quien se enfoca el mercado y el accionar político?
¿Hacia el mercado y los empresarios? ¿Hacia la dirigencia política? La respuesta obvia es un rotundo no, hacia el individuo, el ciudadano, el padre de familia, el estudiante, la madre, ama de casa, la profesional, el niño. Un nuevo paradigma debe entender entonces que las «masas» tienen nombre y apellido, un nuevo paradigma debe comprenderse desde una óptica más humana, con mayor sentido, sin descuidar los elementos científicos, debe tener la capacidad de construir teorías y modelos de desarrollo pensando en el individuo por encima de cualquier cosa.
A mi entender la visión de un nuevo paradigma político, económico y social más humano debe evitar correr el riesgo de individualizar o sectorizar acciones, de lo que se trata es de integrar políticas orientadas en todo caso al bien común sobre la base del consenso y de la capacidad de síntesis, ese es quizás el mayor reto de un nuevo paradigma mundial, una vez logrado las sociedades serán capaces de articular acciones conjuntas.