En nuestro país, quizás como estamos acostumbrados a los disturbios, el tema de las protestas juveniles en Grecia, que se expanden por el «Viejo Continente», ha pasado inadvertido. Pero sin lugar a dudas es otro ángulo de la crisis generalizada que nos está subsumiendo inexorablemente.
La revuelta se originó a partir del asesinato perpetrado por la policía griega contra un joven que protestaba por la ausencia de fuentes de trabajo. Los hechos fueron cobrando cada día mayor intensidad, tanto en las confrontaciones como en el número de protestantes. Luego, como gestos de solidaridad, estas manifestaciones se han ido extendiendo a otros países europeos.
La crisis financiera, de la que en algún momento la dirigencia política europea manifestó estar ajena, ha ido calando y de una manera sostenida se ha ido incrementando el número de personas que se quedan sin empleo o simplemente no pueden acceder a éste. Las protestas entonces adquirieron otro matiz: los gobernantes no sabían de qué estaban hablando en cuanto al impacto de la crisis financiera.
A partir de entonces se ha acentuado el distanciamiento entre gobernantes y gobernados. A partir de entonces se ha incrementado la fisura entre lo prometido y lo que en efecto se está cumpliendo. En sus pancartas, los jóvenes protestantes expresan su descontento por la precaria intervención gubernamental para procurarles seguridad laboral. Tal descontento lo extienden a su propia forma de gobierno. Se cuestiona la democracia como un todo.
Este malestar crece, se está volviendo desafiante. La democracia con sus variantes, está resultando inoperante. Quizás porque ésta también ha ido paulatinamente sucumbiendo al mercadeo. A la democracia también se le representa como un producto o una marca. El mercadeo de figuras, de líderes, tal vez hasta de ideologías. El mercadeo de planes de gobierno. El mercadeo de posturas. El mercadeo electoral. El mercadeo de las opciones. La efímera campaña que seduce, pero que enajena la capacidad de discernir. Todo se está cuestionando por la juventud europea, principalmente la griega. Lo mediático como instrumento idiotizante de las masas.
Aún con sus enormes distancias (allá se discute la capacidad o no del Estado frente a las opciones laborales, en tanto aquí se lamenta la poca o nula presencia del Estado), en todos lados, se está entronizando una doctrina que puede encontrar acertado eco y oscuros patrocinios. Me estoy refiriendo a las renovadas posturas anarquistas que propugnan por la desaparición del Estado. Una desaparición obligada, dicen ellos, por lo inoperante de éste.
El neoliberal con su endiosado mercado y el entronizado individualismo es un bastión importante del anarquismo. Y ambos (neoliberales y anarquistas) pueden encontrar el aliento para sus «campañas» de reducción primero y desaparición después, del propio Estado, en latitudes como la nuestra, a la sombra del narcotráfico y del crimen organizado. El juego de la libertad de opinión. La libre emisión del pensamiento y hasta la divulgación de lo público (al amparo de la ley pendiente de vigencia, de libre acceso a la información) debe ser revisado por un renovado y responsable código de ética. Lo que está en juego no son sólo datos, cifras y nombres. Está en juego la propia supervivencia.
Estamos rodeados de una persistente y generalizada crisis de valores.
Otro ejemplo que ilustra las molestias ciudadanas ante el desatino de los conductores políticos es el zapatazo contra Bush. Es una evidencia del rechazo al político mentiroso, oportunista, egoísta y farsante. Por cierto que aquí un aspirante presidencial, de la campaña electoral 2007, lo calificó como el mejor presidente de Estados Unidos. ¿Qué clase de realidad internacional es la que estará acostumbrado a observar este personaje? En fin. Hemos de ver con ojos aún más abiertos las manifestaciones de descontento que se suceden en otros lares. Como se dice popularmente, debe ser «pan para tu matate».