Irina Darlee, de padre austriaco y madre rusa llegó en 1975 a Guatemala para quedarse en forma definitiva. Más tarde daría clases de literatura en la Universidad Rafael Landívar, escribiría novelas y varios libros, aunque yo me percaté de su nombre cuando inicié la lectura de su columna en la sección de cultura de Prensa Libre.
Años después, un 3 de octubre llegué a conocerla en el Club Alemán de la zona 15, se acercó, recuerdo, a saludar a uno de los comensales que se encontraba en nuestra mesa. Al resto del grupo no nos conocía, sin embargo, su calidez y afabilidad hizo de su conversación el centro de nuestra atención. Pues al cabo de poco tiempo ya compartía y los presentes disfrutábamos la calidad de esos escasos personajes que se caracterizan por contar con una personalidad de sencillez y sapiencia. Ese fue mi primer contacto con tan excelsa dama, aunque por ser uno de sus lectores mi sensación en aquella oportunidad fue que la conocía desde hacía mucho tiempo.
La semana pasada me conmovió la novedad de su deceso y aún sigo igual. A la par de la noticia, en el mismo matutino donde escribía, estaba su artículo como premonición de despedida. Nunca fui parte de su círculo cercano de amistades, pero si puedo decir que las veces que la traté, que no fueron pocas, disfrute de su fina compañía. La última vez que la vi fue en el Instituto de Cultura Alemán de la zona 1, donde amablemente me hizo algunas traducciones para un estudio sobre la inmigración alemana a Guatemala. Era una persona franca y abierta, esa clase de gente que nace rebelde y por eso al convertirse en escritora llegó a caracterizarse por su aguda pluma. Me resultaba imposible no leer esas letras impregnadas de fino sarcasmo y a veces de profunda melancolía, no cabe duda que lo menudo de su figura se acrecentaba en la medida de su arenga y más aún, por sus pensamientos impresos.
Así era Irina, la vez anterior a nuestro último encuentro, recuerdo su comentario sobre la odisea de doña Eva Evertz de Rodas por trasladar el cuerpo de su madre a su natal Alemania. Doña Eva, ex funcionaria de la Embajada alemana, amiga mutua y muy querida por ambos. Recuerdo también sus anécdotas, de su penosa infancia a causa de la Segunda Guerra Mundial, razón por la que primero emigró a España para después llegar con sus padres a radicarse a El Salvador. Aunque Guatemala sería el país que tendría la dicha de albergarla en forma permanente y por eso aquí descansarán sus restos. Nació europea pero vivió y murió más chapina que el tamal y la marimba.
Decía que Guatemala era un país maravilloso, me hablaba de la Antigua como su lugar favorito. Amaba inmensamente nuestra tierra, por eso muchos guatemaltecos fácilmente pudimos haber aprendido de ella.
Más que como escritora, por su personalidad y calidad humana hoy me permito despedirla, por ese rostro marchito por el tiempo que siempre me sonrió, por esos ojos inmensamente azules que siempre pusieron atención a la trivialidad de mis palabras. Sabía que su trato afable era auténtico, aunque percibía que también servían para disimular lo recio de su carácter, como aquellas palabras de regaño firmes pero cariñosas por haber llegado sin suéter en aquella mañana fría a la 13 calle de la zona 1.
Irina, hoy Guatemala llora su partida y para aquellos que la conocimos nos será difícil acostumbrarnos a su ausencia y a no leer la exquisitez de la melancolía en sus columnas, la extrañaremos no cabe duda. Vaya con Dios, que usted aquí ya cumplió muy bien su cometido.